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Y por fin, la Final a un paso

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Creo que esta es la primera vez que voy a escribir un artículo, tanto para Diarios de Fútbol como para Notas de Fútbol, con el corazón y no con la cabeza. O al menos, la primera vez que lo voy a hacer sin enmascararme. Espero que los aficionados sevillistas que visitan DDF sepan perdonármelo.

San Mamés, la gloriosa Catedral del fútbol español, decide esta noche el primer finalista de la Copa del Rey 2008/09. Bien Sevilla FC, bien Athletic Club de Bilbao, saldrá esta noche por la puerta que da a la calle Rafael Moreno ‘Pichichi’, con el billete para la final copera en las manos. Sin un favorito claro, pese al 2-1 para los sevillistas del choque de ida, lo que sí es seguro es que, para entonces, habremos presenciado 90 minutos (quién sabe si 120) plenos de lucha, batalla futbolística, épica y derroche. Es lo que da, y a lo que obliga, San Mamés. O juegas a la épica, o te hundes. No tiene el ‘miedo escénico’ del Bernabéu, no destila aroma como Anfield, no late como La Bombonera, pero siempre aporta un ‘algo’ intangible que, sobre todo en los partidos especiales, hace que público y equipos se transformen y vuelen sobre otra dimensión hasta el pitido final.

Cualquier niño bilbaíno crece en su afición futbolística con la perenne imagen del Athletic Club y todo lo que le rodea. En Bilbao, a mucha gente no le gusta el fútbol, le gusta el Athletic. Da la sensación a veces, de que para muchos aficionados rojiblancos, apenas hay vida en el Planeta Fútbol más allá del club de sus amores. Resulta prácticamente impensable que un niño bilbaíno vaya al colegio vestido con la camiseta de Messi, o de Raúl, o de Kaká. Los niños de Bilbao sólo se ponen la camiseta del Athletic (si bien, éste es un valor que, globalización mediante, tiende a perderse con el paso de las generaciones).

n_athletic_de_bilbao_la_historia-38983Tengo grabado en la mente un recuerdo de la infancia. Todas las tardes, cuando volvía del colegio a casa, siempre me quedaba absorto contemplando desde la lejanía, hundido en el centro del ‘Botxo‘, el inconfundible Arco de San Mamés. Aquel inocente ritual me reconfortaba, me traía recuerdos de diversión, de mis visitas al estadio, de noches de sábado de bocata y bufanda de la mano de mi padre (al que, por cierto, nunca le gustó el fútbol y nunca estaré lo suficientemente agradecido por aquellos partidos). Circunstancias de la vida, aquel Arco, y aquel imponente escudo del club sobre la fachada Este, se convertirían en compañeros diarios cuando trasladé mi residencia a tres calles del estadio.

Pese a algunos borratajos socio-políticos que casi todo el mundo podrá imaginar, y que me hicieron ‘desligarme’ un poco del Athletic, siempre mantuve latente el cariño hacia el club. Porque, lo que yo tenía (y tengo) no era exclusivamente afición al Athletic, era cariño. Y eso va más allá de la afición. A mí, de pequeño, me daba igual Maradona. Me daban igual Santillana o Uli Stielike. Yo, iluso de mí, sólo tenía ojos para Dani. ¡Cuántas camisetas rojiblancas con el 7 a la espalda pude contar en aquella tarde del 3 de mayo del 84, mientras esperaba el paso de la Gabarra sobre el hoy inmaculado y ultramoderno Muelle de Abandoibarra!

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Con el avanzar de la edad, y viendo las cosas desde una perspectiva mucho más templada, aquel cariño al Athletic comenzó a agudizarse hace algunos años. En el fondo, nada me ligaba a ningún club en particular… excepto al Athletic. En cierto modo, poco me importa que el club conquiste algún título. No negaré, sería hipocresía, que supondría una alegría mayúscula poder revivir aquellos recuerdos de la infancia asomado a la Ría. Pero el Athletic, y con esto coincidirán todos los aficionados rojiblancos, no necesita de títulos para contar con el apoyo y cariño de sus seguidores. El club sigue siendo el mismo y, gane o pierda, su masa social permanece inalterable. Y aunque el último título date precisamente de aquel año 1984 (doblete, ni más ni menos), el Athletic sigue siendo un grande de España. No lo digo yo. Ni siquiera lo dice su afición. Lo dice su Historia, su orgullo, el sabor de todo lo que le rodea. Y por supuesto, las 8 Ligas y 24 Copas.

Bilbao se ha engalanado como nunca para la ocasión. El Guggenheim, el Palacio de Euskalduna o el Metro se han teñido de rojiblanco, como cada día de partido hacen la mayor parte de los bares y restaurantes bilbaínos. Inlcuso el bilbaíno más ilustre, Don Diego Lopez de Haro, luce orgulloso su bufanda rojiblanca. En el horizonte, la triste semifinal del 95, aquella en la que Santi Ezquerro erró el penalty en la tanda final en San Mamés que, posteriormente, daría el pase a la Final al Real Betis. Tras aquel partido, tras la imagen de las caras a la salida de San Mamés aquella noche de jueves, nadie puede negar que el fútbol le debe una Final al Athletic.

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