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Verano en Manchester: City

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Crecer, como una seta, a la sombra de un árbol esplendido. Ese es el destino de muchos clubes de fútbol. Segundones, mártires del poder de los grandes -ganado por meritos propios o deméritos ajenos-. Invisibles en los periódicos deportivos. Masacrados en los derbis. Hermano pobre que se sienta a la mesa  en la cena de navidad, que habla de sus futuros e ilusionantes proyectos mientras que la familia hace como que escucha y come en silencio a la espera de que el hermano rico cuente en qué está metido ahora –¡eso sí que es interesante!-. Un estado de cosas con difícil reversión. El esplendor histórico y reciente del United tenía una víctima en el barrio de al lado. El Manchester City es un equipo al que se le mira con ternura. Lleva más de veinte años sin ganar nada, sin aportar nada a la Premier y cuyos paseos por Europa han sido discretos en el mejor de los casos. En el fútbol la alternativa es muy saludable. Que el Betis gane la Copa del Rey y juegue después la Champions, que el Inter arrase en el Calcio, que el Espanyol juegue la final de la UEFA… son cosas maravillosas. Convierten este deporte en un sentimiento plural, humilde e impredecible. Por mucho que a veces la balanza invisible de la que hablaba ayer caiga hacia un lado, nunca se sabe cuando se equilibrará o se vencerá por el peso hacia el otro costado.

El fenómeno de los petrodólares y de las morteradas de dinero que van y vienen en el mundo del fútbol han causado un poco de revuelo en algunos clubes de nuestro continente y han tenido un terreno fértil en la rentable y mediática liga inglesa. Ricos con capacidad de gestión. No hablamos de Piterman, hablamos de Abramovich –capaz de reubicar en el mapa futbolístico a un Chelsea venido a menos- o de Sulaiman Al-Fahim que quiere convertir al City en una verdadera alternativa a los grandes clubes del continente. Veremos a ver si lo consigue.

No entraré a valorar la legitimación de estas jugadas, de estas inflamaciones artificiales que pueden convertir un equipo discreto en un top ten europeo por obra y gracia del dinero. Los equipos generalmente son grandes porque han mantenido durante muchos años coherencia y brillantez a partes iguales. Equipos que arrastran a gente allá donde vayan, que se legan a los hijos, que se disfrutan de una manera casi mística. Está el Madrid, el Barça, el Liverpool, el Milan, el Boca… clubes internacionales, extrapolables más allá de sus ciudades de origen… los otros, a esos que llamamos nuevos ricos, son fenómenos locales que, como decía, inflados a base de fichajes y merchandising pueden hacerse un hueco en el corazón de los taiwaneses, los sudafricanos y los estadounidenses. Y advierto que no hablo de calidad futbolística en sentido estricto, quiero referirme al club como marca, como producto, como sello de calidad –derivado de sus éxitos futbolísticos a veces pretéritos, a veces actuales-.

Pues bien, para conseguir este reconocimiento hay que poner un cimiento sólido que responde exclusivamente a la capacidad futbolística. Todos los clubes que quieren hacer historia tienen que tener un elemento común: grandes jugadores, buen juego, títulos. Y ahí es donde empieza la reciente aventura del Manchester City. El equipo celeste empezó disparando el verano pasado con el fichaje desconcertante de Robinho. La irrupción del grupo de inversión árabe Abu Dhabi United parecía una excentricidad y más viniendo a sustituir a un tailandés, Thaksin Shinawatra, perseguido por la justicia y que dejó un club maltrecho. A la par que el astro brasileño, que fue a parar a un equipo todavía descompensado y ramplón, vinieron Kompany, Wright-Phillips o Zabaleta. Piezas clave para conseguir el equilibrio deseado en el equipo. Aún así, el auténtico salto de calidad -y un primer síntoma de que las cosas se empezaban a hacer con seso- se dio en el mercado de invierno cuando, visto el pobre rendimiento del City en la Premier, se empezó a fichar en base a las necesidades y no buscando repercusión –a lo CR7 o Kaká-. En ese periodo llegó un portero solvente como Given, del Newcastle, experimentado para contrarrestar la bisoñez de Hart o K. Schmeichel. El centrocampista De Jong, rifado en media Europa como pivote defensivo, el lateral izquierdo Bridge que aunque no ha llegado a triunfar en el Chelsea siempre ha sido un jugador regular e internacional y el delantero Bellamy que tras sus paso por el Liverpool con demasiados claroscuros había recuperado el prestigio en el equipo de los hammers. Tras estos retoques el equipo pareció funcionar algo mejor, avanzando en UEFA pero en posiciones tibias en el torneo doméstico. La verdadera revolución llegaría este verano.

Ya el primer fichaje dejo claro que esto iba en serio. Gareth Barry, pretendido por el Liverpool, centrocampista de fuerza y orden para jerarquizar las zonas medias del equipo. Si el Liverpool tiene a Gerrard, si el Chelsea tiene a Lampard, si el United tiene a Carrick, el City ya tiene a su eje de juego. Después vino otro portero, Taylor. Más veteranía para una posición muy sensible. Y por último la traca final. Santa Cruz, Tévez y Adebayor. Tres de los mejores delanteros de la Premier. El paraguayo tras haberse hinchado a marcar en su periplo inglés. Tévez, desechado injustamente por Ferguson, con calidad y esfuerzo de sobra para triunfar en cualquier liga importante y el togolés Adebayor, nueve puro, con la sensación de periodo terminado en el Arsenal y con juventud suficiente para seguir siendo un delantero estrella del campeonato. Mucha tela que cortar. Precios de infarto y pólvora de sobra para un equipo que quiere luchar por todo este año.

Los medios se empiezan a tomar en serio el equipo. Mark Hughes está contento. Línea por línea parece un equipo muy competitivo. La falta de refuerzos del Arsenal, el miedo a las alturas que sufrió el Villa el año pasado o la incógnita del Everton parecen convertir a los citizens en ese cuarto poder de la Premier. A la plantilla hay que sumar a Micah Richards, a Elano, a Ireland. Y esperar ese ansiado central que –tras la boutade de Puyol- parece ser Terry. Quién sabe. Nada escapa al dinero.

El año que viene se verá si el City ha nacido para triunfar o se convierte en un nuevo delirio digno de análisis en el futuro. En mi opinión, siempre humilde, parece un equipo compensado y capaz de luchar por todo. ¿Un bluff o un hallazgo?. El tiempo lo dirá y nosotros lo veremos.

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