Un Trofeo de Verano entre selecciones

Leo atentamente los comentarios publicados en este blog sobre el tema de la Copa Confederaciones. Es obvio decir que hay gente a la que le interesa y gente a la que no. Los que están disfrutando de una competición así argumentan que les permite ver fútbol, disfrutar con él y ver a su selección compitiendo con otras selecciones en partidos no amistosos, con un trofeo en juego. Los que la relativizan o ignoran lo hacen principalmente porque es un campeonato menor, sin importancia futbolística, sin historia ni más interés que el puramente económico para los organizadores. Ambos argumentos son loables. Es una necedad intentar convencer al interlocutor. El fútbol también es sentimiento y emoción, dormirse viendo un Sudáfrica-Irak es tan digno como celebrar los goles de Zidan el pasado lunes.
Escribo este post porque me apetece dar a conocer mi opinión. Acusar a este blog de boicotear la Copa Confederaciones es algo que me irrita y que, además, es incierto. En prensa he leído defensas incuestionables de este torneo: democratización del fútbol y posibilidad de ver partidos de alta calidad –si España se cruza con Italia o Brasil, ¿quién puede perderse ese partido?-. Pero lo cierto es que, más allá del aprovechamiento comercial que los medios de comunicación y las marcas publicitarias consiguen con estos partidos, el principal argumento favorable del debate es que -por primera vez en la historia de este campeonato- España está en liza. No es sólo chovinismo. Ver competir a los nuestros, y más con la sobreexcitación consecuencia del pasado europeo, es siempre agradable y diría que hasta necesario. Yo me senté disciplinadamente a ver el partido contra Azerbaijan el pasado martes, por ejemplo, una parafilia que hace tres o cuatro años era inconcebible para la gran mayoría de aficionados al fútbol de este país.
En todo caso, la participación de España no puede negar que la Copa Confederaciones es un torneo devaluado que surgió de la nada y morirá en pocos años sin demasiado ruido, siendo sustituido por cualquier otro invento de la FIFA con más tirón que éste. Hay claros síntomas de pobreza organizativa. Las gradas semivacías del partido de España contra Nueva Zelanda son incuestionables. Que algunas selecciones a lo largo de la historia del torneo hayan declinado su asistencia tampoco deja en buen lugar la perentoria obligación de jugarlo y ganarlo. Inconcebible en cualquier otra cita de primer orden –Mundiales, Eurocopas, Copas de América…-. Si España no participase, ni Telecinco ni ninguna otra cadena estatal de emisión en abierto hubiera televisado un Italia-EEUU a las ocho y media de la tarde. El deseo de Blatter de institucionalizar el torneo será, lo vaticino a riesgo de equivocarme, infructuoso.
Mi opinión, como decía, es que la Copa de Confederaciones es un torneo de verano con equipos nacionales. Un Teresa Herrera sobrealimentado, cebado a base de pienso mediático y sin más importancia que la que queramos darle en nuestra vida cotidiana. Hoy veré posiblemente el España-Irak, y haré lo indecible por ver el EEUU-Brasil de mañana. Cuando lleguen las semifinales pondré más énfasis cuando me pegue a la pantalla. Lo que está claro es que si España gana la final y se lleva el campeonato no saldré a celebrarlo a la plaza de las Tendillas de Córdoba, ni me bañaré vestido en la fuente, ni colgaré banderas en las ventanas. Aquello fue otra cosa.
Tras la primera jornada sólo tengo una imagen en la cabeza. El infantil error del defensa neocelandés y el posterior gol de Villa. La cara del delantero asturiano dejaba las cosas claras. Nunca había recibido un regalo así. Ni en Copa, ni Liga, ni UEFA, ni Champion, ni Eurocopa, ni Mundial. Estas cosas sólo pasan en torneos como este, donde una selección como la de Oceanía puede jugarse el prestigio contra la campeona de Europa, con las correspondientes consecuencias.
El balón gira igual sobre el cesped ya sean finales o partidos intrascendentes, podemos ver goles extraordinarios, podrá ser el escaparate de los nuevos y flamentes fichajes de los equipos punteros, podemos ver como emerge un jugador desconocido con aires de crack… Quién sabe, esto es fútbol. Pero la Copa de Confederaciones, en su conjunto, me interesa tanto como ver el partido del Joan Gamper acompañado de boqueroncitos y tinto de verano en mis vacaciones estivales. Noventa minutos de entretenimiento intrascendente.