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Un cercanías de color amarillo

forlan_riquelmeEn la previa del Arsenal-Villarreal de Liga de Campeones, aseguré que el equipo castellonense había bajado un punto su nivel competitivo esta temporada, pero entonces no di ningún argumento o motivo de peso que justificara mi afirmación. Tras una eliminación merecida ante los ‘gunners’, es momento de analizar, a mi juicio, el elemento decisivo en el pequeño retroceso del vestuario amarillo.

Lo primero que me gustaría decir es que la gestión de la entidad levantina me parece admirable. No siempre es posible acertar con los reemplazos cuando tus mejores jugadores abandonan el barco y prueban otras aventuras profesionales. Pero cuando ésto sucede, es inevitable que el nivel descienda y algunos escenarios como el del Emirates Stadium no perdonan. La gran diferencia entre este Villarreal y el de campañas pasadas es la velocidad en los últimos veinte metros del campo.

El encuentro ante el Arsenal fue especialmente ilustrativo de esta carencia. Las dos plantillas proponen un juego similar en los conceptos generales: control del balón, apoyo continuo al compañerotoque y movimiento para generar superioridad en distintas partes del verde, utilización de las bandas… Pero mientras los londinenses disfrutan de un billete en AVE, los chicos de Manuel Pellegrini sólo van en cercanías. Tanto la velocidad de balón como el despliegue físico del Arsenal está muy por encima de lo que puede ofrecer el Submarino Amarillo.

En este sentido, el Villarreal perdió mucho con las salidas de Juan Román Riquelme y Diego Forlán. Esto no quiere decir que las medidas disciplinarias con el argentino y la venta del uruguayo al Atlético de Madrid por 21 millones de euros no fueran decisiones acertadas cuando se adoptaron, pero tal vez la respuesta ofrecida por sus sustitutos no ha cumplido con las expectativas. Los castellonenses han perdido chispa, frecura, eficacia. En muchos momentos, sus partidos se convierten en un movimiento cansino del balón de un lado a otro sin riesgo para el rival.

Cuando Riquelme todavía contaba en los planes de Pellegrini y se encontraba integrado en la disciplina amarilla, muchos calificaron su juego de lento, propio de un caballo trotón y no de una bestia de carreras. Pero lo cierto es que el tiempo ha demostrado que Riquelme y Forlán aceleraban el juego del Villarreal cuando la pelota llegaba a posiciones de peligro. El argentino es un futbolista de movimientos lentos, pero mente rápida. Nunca necesitó velocidad de piernas para interpretar con acierto los desmarques del delantero y meter una marcha más con sus pases. La efectividad de Forlán de cara a puerta terminaba de pintar el cuadro.

Ahora se echa mucho de menos esa velocidad y clarividencia en los últimos metros. No tanto los nombres. Da igual que se llamen Riquelme y Forlán o Ariel Ibagaza y Joseba Llorente o Santi Cazorla (lesionado) y Matías Fernández o Robert Pires y Giuseppe Rossi o Cani y Nihat… El equipo sigue mostrando el mismo perfil en defensa y mediocampo, sobre todo por la enorme consistencia que está ofreciendo Marcos Senna a lo largo de las campañas, pero es evidente que es menos dañino cuando el balón alcanza posiciones de arriba.

Seguro que tanto Pellegrini (que es probable que continúe) como José Manuel Llaneza, mano derecha del presidente Fernando Roig, ya tienen puestos todos los sentidos en conseguir la cuarta plaza de acceso a Liga de Campeones y retocar el equipo para darle mayor velocidad a la circulación de pelota. En todo los demás, el vestuario tiene un nivel fantástico, con dos centrales prometedores, dos laterales de solvencia contrastada, un mediocentro defensivo de primer nivel europeo y un referente arriba comprometido con el club.

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