Trashorras pone picante a la Copa
Un partido imprevisto, el vivido anoche el Vicente Calderón. Se medían, en el duelo de ida, Atlético de Madrid y Celta de Vigo por un puesto en semifinales. Mientras que los locales parecieron los visitantes, siempre a remolque del (buen) juego celeste, los visitantes parecieron por momentos el Celta de Mostovoi y Karpin redivivo. Que un equipo de segunda división maneje el partido a su antojo y juegue con su rival de primera puede parecer extraño. Quizá los es menos, si uno de los que se miden en la contienda es el Atleti.
Me pongo en la piel del aficionado celtiña y no puedo evitar un suspiro de nostalgia al recordar aquel equipo que ganó en San Siro, con Mostovoi y Mazinho como colosales figuras sobre el césped, o aquel 4-0 a la Juve, quizá el mejor partido de la carrera de McCarthy. Los tiempos han cambiado, y mucho. El Celta hace años que dejó de dar miedo en Europa. Ahora pelea por salir de la zona baja de la tabla en Segunda División. La camiseta celeste ya no la visten ex campeones del mundo, o figuras de talla reconocida. Sus principales activos sobre el césped son jóvenes canteranos o figuras en formación cedidas por el Arsenal, club convenido.
La carrera de Roberto Trashorras tiene tintes de tragicomedia. No es muy frecuente formarse en las inferiores del FC Barcelona y de éstas coger el puente aéreo a la cantera del Madrid. Trashorras, que apuntaba a gran futbolista desde muy joven, creyó ver futuro en el club blanco, pero, como tantos otros de su condición, terminó engullido por la maquinaria de la escuela de formación madridista.
Lo que apuntaba a futbolista de referencia se quedó en un buen jugador para Segunda División. Probó en el Numancia, no triunfó y encontró hueco en la UD Las Palmas. Con estabilidad y, todo hay que decirlo, sin excesiva competencia por el puesto, el centrocampista lucense encontró acomodo en las islas, hasta que expiró su contrato la pasada campaña.
En plena madurez futbolística, Trashorras decidió aceptar el reto de comandar la nave celtiña en su camino de regreso a Primera. Una primera temporada algo complicada (no sólo para él, sino para el club en general) y una segunda, la presente, en la que con el patrón de juego implantado por Eusebio Sacristán funcionando ya a pleno rendimiento, el equipo no termina de arrancar y escalar puestos en la tabla, quizá lastrado por la excesiva bisoñez del grueso de su plantilla.
Pero anoche, Roberto Trashorras dejó claro por qué el Barça decidió llevárselo de su Rábade natal a La Masía y por qué el Madrid le ofreció seguir formándose en su escuela cuando se le negaron las oportunidades en Can Barça. Llevando el ritmo del partido, ralentizando el juego cuando era necesario y metiendo una velocidad más larga cuando el Atleti se echaba atrás. Manejando el partido a su antojo, él y el joven extremo Iago Aspas martirizaron a la renqueante defensa colchonera hasta llegar a la delirante imagen de los jugadores célticos protestando al árbitro por haber añadido ‘únicamente’ tres minutos extra. Inaudito en un duelo de ida entre un equipo de primera, jugando como local, y uno de la zona baja de segunda.
Hay que felicitar al Celta. Lo primero de todo por su apuesta por el juego aseado y vertical, y lo segundo, y especialmente, por haber añadido una buena dosis de picante a una Copa del Rey que necesita de episodios como el vivido anoche el Calderón para poder empezar a recuperar todo el crédito perdido.