Segundo Premio

Los flashes de los fotógrafos ciegan a los jugadores del Barcelona. El confeti es azulgrana. Levantan la copa, recorren el campo de punta a punta. Encabezan los telediarios y copan las portadas. Hasta ahí la resaca de los campeones. Al otro lado, desparramados sobre el césped, los jugadores del Manchester. Vencidos. Llorando. No queriendo mirar una Copa que, tras noventa minutos, se llevó el rival.
El dos a cero refleja perfectamente lo que fue el partido. Tras esos primeros minutos eléctricos del equipo mancuniano, el Barça se apoderó del balón, lo meció de una banda a otra. Convirtió en gol dos jugadas precisas y dañosas. Lo justo para echar al equipo contrario a la cuneta. Las finales se ganan o se pierden, no hay término medio. La desesperación de Ronaldo, la endeblez inaudita de Vidic y Ferdinand o la incapacidad de Park o Anderson fueron las claves de la derrota. Sumado al juego infalible de los culés, una derrota sin ambages.
El Manchester United había llegado a la final con una suficiencia que hacía tambalearse los cimientos azulgranas. No era un rival menor. No era ese Arsenal del 2006, cenicienta rica, inédito en las finales. Ni una Sampdoria prometedora pero inexperta en estos envites. El Barcelona se enfrentaba al actual campeón, a un equipo que había revalidado su título en la liga doméstica –pese a la correcta temporada del Liverpool- y que llevaba a Roma a una de las plantillas más completas del campeonato.
El gol es la llave para la victoria. Es difícil ganar sin perforar el arco contrario. Algo falla si un equipo en el que terminan jugando Tévez, Rooney, Cristiano Ronaldo, y Berbatov no puede perforar el arco contrario, no pueden irse a casa sin haber mojado. Valdés estuvo bien cuando tuvo que estarlo, como siempre, pero no sufrió en exceso. Piqué, como Puyol, estuvo inexpugnable, pero el otro central era un mediocampista reconvertido y en el lateral izquierdo jugaba un suplente como Sylvinho, que llevaba una temporada casi en blanco.
El planteamiento de Ferguson parecía ofensivo pero en mi opinión no lo era. Carrick atrás con un Anderson sacrificado en tareas defensivas, Giggs al centro, hombre para todo pero con exigencias en ataque y defensa, las bandas para dos jugadores sin profundidad como Rooney y Park, más ocupados en obstaculizar la creación del Barcelona que en buscar al hombre isla, un Cristiano Ronaldo que empezó como una fiera y acabó enfadado consigo y con el mundo. Enzarzándose en una pelea ridícula con Puyol, un experto en este tipo de lances del juego.
Atrás la que parecía la mejor pareja defensiva del momento, para mí lo era –y diría que lo son- sin duda, que palidecieron ante la velocidad del rival en las últimas líneas. En el primer gol Eto´o llegó hasta la cocina, atravesando cómodamente la línea de vanguardia del United, cuchillo y mantequilla. En el segundo Messi -1´69 m- rematando plácidamente ante la mirada de Van de Sar –descolocado – y de los imponentes centrales de blanco. Evra –incapaz de poner orden por su carril- y O´Shea -disciplinado atrás pero romo en ataque- poco pudieron hacer para remediar el desaguisado.
Ferguson no es un señor amable, pero por lo demostrado es un tipo inteligente. Su Manchester naufragó ante un equipo extraordinario. Lo único reprochable es que dio poca guerra, salvo los diez primeros minutos –cercenados de raíz tras el gol del camerunés- el resto fue un acompañamiento armonioso al equipo de Guardiola. A diferencia de otros equipos que pierden un partido de esta trascendencia, el Manchester no necesita una limpieza estructural redentora. La máquina funciona, sólo hace falta engrasarla.
La hipotética marcha de Tévez, Hargreaves o Ronaldo no entorpecerá el crecimiento del equipo. Aunque algunos jugadores no hayan cuajado todavía, como Nani o en menor medida Anderson, los cimientos para el futuro están puestos. Evans, Macheda, Welbeck, Gibson, Rafael da Silva… A eso hay que sumarle a algunos prometedores fichajes ya cerrados: Tosic y Ljajic, más lo que venga en verano que, dado el precio barajado en las ventas, les permitirá fichar a jugadores de clase A.
Esta derrota, dolorosa como todas, no puede hacer que desconfiemos de un equipo que lleva años demostrando su capacidad para estar en la élite, sobreponiéndose a unos años dudosos a principios de este siglo. Esta temporada era para el Barcelona. En la siguiente edición de la Champions el Manchester estará de nuevo en las quinielas como campeón. La institución y una plantilla compacta lo permitirán. Mientras tanto, lamerse las heridas, olvidar los noventa minutos del Olímpico, trabajar duro para estar en el Bernabeu en la final del año que viene.