Real Valladolid: consecuencias de una caída
De poco valdrá ahora recordar lo mal defendido que estuvo el gol final, el que rompía el empate, del croata Mate Bilic. Será inútil protestar por el gol anulado a Pedro León (¡qué futbolista!), o lamentarse por las claras ocasiones marradas por Henok Goitom o Canobbio. El drama se viene gestando desde tiempo atrás. Concretamente, desde hace diez jornadas, desde la última victoria de los blanquivioletas (1-0 al Getafe). En los diez partidos que han seguido a aquel mísero 1-0, el bagaje es deplorable.
Cuatro goles a favor y quince en contra, tres empates a cero y siete derrotas, anticipaban un final de temporada, como poco, angustioso. Y así ha sido. Tras la derrota del pasado sábado en Zorrilla, ante un Sporting que se jugaba la vida, el equipo pucelano llega a la última jornada con la soga al cuello. Aún depende de sí mismo, sí, pero se la juega ante el Betis, otro de los implicados en la lucha por evitar el descenso, en el Ruiz de Lopera. Una plaza en la que, a buen seguro, los de José Luis Mendilibar habrían preferido no tener que torear a estas alturas de la temporada.
El juego que había caracterizado al conjunto castellano (alto nivel de presión, entrega absoluta en cada parcela del terreno de juego, fútbol directo desde las bandas con Pedro León y Jonathan Sesma) parece haberse esfumado en estos dos últimos meses. Incapacidad de cara al gol aparte (cuánto daño ha hecho al equipo la salida el pasado verano de Joseba Llorente), la caída libre del juego del equipo ha sido una evidencia semana tras semana. Una evidencia inexplicable, porque ni tan siquiera ha habido bajas destacables en el once.
Si el fútbol, como dijo en su día Jorge Valdano, es un estado de ánimo, el del Valladolid está ahora mismo por los suelos. Los recuerdos de hace cinco temporadas, en aquella fatídica última jornada en la que los pucelanos se vieron abocados al descenso a Segunda, son cada día más palpables. Aunque esta vez la situación es diferente. Dependen de sí mismos. Pero también dependían de sí mismos hace diez jornadas, y la casa sigue sin barrerse.