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Pesadilla sin fin en Alkmaar

Abordó el compañero Ramón Flores al AZ en 2006, recordando su historia, que en cierta manera se repite en un bucle desdichado, y dejándolo cerca de alcanzar el pleno rendimiento, en el balcón de las emociones fuertes. Desde entonces, y hasta la destitución de ayer del que era su entrenador, Ronald Koeman, el club de Alkmaar ha vivido un carrusel de contrastes inimaginables: dejó escapar una liga holandesa en la última jornada al caer contra un equipo descendido, perdió una final de Copa en los penalties, fue por fin campeón de Holanda hace unos meses, clasificándose para la Liga de Campeones y, de pronto, destrozando la inercia de los tiempos felices, se quedó sin patrocinador, sin faro institucional, y a un paso de quedar eliminado de la Champions sin vencer un solo partido, a 16 puntos del líder en la Eredivisie.

El gran motor de la trayectoria del Az, el que explica el auge y el desplome, es Dirk Scheringa. Scheringa nació en la provincia de Groningen, y roza los 60 años de edad. A los 25, se cansó de trabajar en la Policía, y decidió constituir junto a su mujer Baukje una pequeña empresa de consejo fiscal y préstamo financiero. El asunto fue creciendo y, básicamente, Scheringa amasó su fortuna a base de conceder créditos rápidos, dinero fácil a ser devuelto con elevados intereses.

El éxito y el poder llegaron de la mano. En 1993, Scheringa alcanzó la presidencia del AZ. Lo cogió en la Eerste Divisie, el segundo peldaño y, tras dos promociones, dos ascensos y un descenso, se afianzó en la élite del fútbol en los Países Bajos en el arranque del nuevo siglo. Mezclando inversión y astucia, alcanzó su techo en abril al obtener el primer título en 28 años de la Eredivisie que no caía en manos de Ajax, Feyenoord o PSV. Antes, en la edad feliz y voraz, el millonario holandés ligó su suerte a la del club. Su principal empresa, DSB Bank, era el patrocinador de la entidad. El nuevo estadio, obra suya, se llamaba DSB Stadium.

Su carácter emprendedor fue resaltado tras el duro golpe vivido en 2007. El AZ dependía de sí mismo para ser campeón, en una última jornada en la que se enfrentaba al Excelsior, ya descendido, a domicilio. Si vencía, la Eredivisie era suya. Pero la senda hacia la victoria se empinó muy pronto. A los 20 minutos, se quedó con diez, y fue siempre a remolque. Braceó para llegar a los últimos minutos con empate, hasta que en tiempo añadido, con los de Alkmaar buscando sin fortuna el gol decisivo, el Excelsior culminó una contra que significó el tres a dos definitivo.

Louis Van Gaal, tras un año de transición, rearmó al colectivo para coronar el sueño desafiante de su jefe. Logró el campeonato, llave además para la Champions League, y la ejecución a corto plazo de la ampliación del estadio. En el viejo, cabían unas ocho mil personas. En la imaginación de Scheringa, en 2010, habría sitio para cuarenta mil.

Después de levantar el trofeo de campeón, el diablo quiso cobrar su pacto. Debió sospechar Scheringa a los pocos días cuando, en un museo de su propiedad, un grupo de encapuchados robó a mano armada un cuadro de Dalí, en Spanbroek. Después, Louis Van Gaal se marchó al Bayern y, a continuación, el inicio de curso acentuó la pesadilla. En Champions aún no ha ganado, y se juega el pase a la Europa League en la última jornada en Lieja. En Liga, ya ven, Koeman destituido, a leguas de la cabeza. Y en el palco, sorpresa, el cataclismo.

Y es que resulta que en octubre el castillo de naipes de Scheringa se desmoronó. Lo que parecía una obra sólida y casi visionaria mutó en un fiasco descomunal, puro viento. DSB Bank quebró. Y con él se esfumó gran parte de la fortuna que constituía el sustento de un AZ que ahora, desnortado, y sin entender nada, teme que un extenso desierto de penurias siga al efímero esplendor sobre la hierba.

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