Leer positivamente las derrotas
La sorprendente, por inesperada, derrota de anoche del FC Barcelona ante el Rubin Kazan ruso (1-2), ha activado todos los mecanismos de defensa del grupo que tan bien maneja Pep Guardiola. Tratando de encerrar al colectivo a su cargo en una burbuja impermeable, el técnico azulgrana se apresuró a advertir tras el partido que él ‘no cree en el lado positivo de las derrotas‘ y que no consideraba que ésta pudiera significar ‘un toque de atención‘ para su equipo.
Lejos del poder curativo que pueda encerrar una derrota o un fracaso determinado, y más lejos aún de que la caída ante el campeón ruso pudiera ser entendida como una advertencia de lo que pudiera ocurrir en un futuro, lo que es evidente es que el Barça aún no ha encontrado ese punto mágico de carburación que le llevase, la pasada campaña, a desarrollar el mejor fútbol visto en años. Hay jugadores fuera de forma. Iniesta quizá sea el caso más evidente, pero tampoco atraviesan buen momento Yaya Touré -básico el año pasado- o Leo Messi -al que el estado de permanente alteración vivido en el último mes alrededor de la selección argentina parece estar pasándole excesiva factura-.
Pero más preocupante aún que el estado de forma de determinados futbolistas, por importantes que estos sea dentro del sistema, es la falta de soltura a la hora de interpretar los mecanismos de juego implantados la pasada temporada por Guardiola. Y ahí, en ese punto, se me sigue antojando fundamental la baja de Samuel Eto’o. Cierto es que Ibrahimovic está supliendo con creces, e incluso superando, la faceta goleadora del camerunés, pero no menos cierto es que el espigado delantero sueco, fichaje estrella del pasado verano, está teniendo bastantes problemas para encontrar acomodo dentro de los engranajes del equipo. Es una evidencia, de sobra conocida por todos los aficionados, que el Barça ha perdido mucha capacidad de sacrificio y mucho poder de presión con la llegada de Ibra. Ahora, la salida del balón para el contrario es mucho más, digámoslo así, placentera. Ya no tienen una sombra con los ojos inyectados en sangre persiguiendo rabiosa cada pase entre los defensas. Y eso, a la hora de defender en conjunto, pesa.
Al contrario que Guardiola, soy de la opinión de que la derrota ante el Rubin Kazan, pese a que el juego, efectivamente, no fue del todo malo, debe ser tenida en cuenta como un toque de atención. El año pasado el Barça saltaba al campo, especialmente en la segunda mitad de la temporada cuando las cosas comenzaban ya a decidirse, prácticamente con un gol a favor en el marcador. Era tal el poder de intimidación de la máquina barcelonista, que los rivales salían con el miedo en el cuerpo y la única intención de no caer abochornados. Pero eso ya no ocurre.
Los rivales están perdiendo el enorme, reverencial respeto que sentían por el Barça y su fútbol. Cualquiera sabe ya a estas alturas que, maniatando a Xavi (y eso está al alcance de cualquier equipo), el Barça es menos Barça. Y ésa es la principal lectura que, entiendo, debería extraer Guardiola del palito recibido anoche. Las ovejas ya no tienen tanto miedo del lobo.