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Las urracas alzan el vuelo

El pasado 22 de agosto estaba sentado en uno de los vetustos fondos de Selhurst Park, en el Londres meridional más feo, entre un aficionado local con pinta de ex-presidiario, intentando no rozarle mucho, en la diminuta butaca crujiente, y mi abnegada mujercita, que intentaba que no la rozase yo mucho, preguntándose qué culpa tenía ella de dar a parar con un marido de los que planifican lunas de miel un tanto extrañas, con paradas estratégicas que coinciden con partidos que no interesan a nadie. O a casi nadie, claro.

Porque a nuestra izquierda, a esas alturas de la temporada en la que todo es posible, con margen para la rectificación y espacio para cualquier sueño, varios miles de hinchas del Newcastle (ver foto) se comían en animación a la parroquia local, que casi llenaba el estadio en un sábado gris y medio lluvioso. Las urracas respondían con orgullo al desdichado descenso primaveral, y teñían Londres de blanco y negro, primero en el bullicio de la estación de Victoria, luego en las calles de South Norwood, entre atascos, colas, pintas, y todas esas cosas.

Aquella tarde el Newcastle sumó su cuarta jornada sin perder, su tercera victoria consecutiva, y yo salí del estadio con la certeza de un regreso cercano, el de los “magpies” a la Premier League. Ganó el Newcastle dos a cero, con un dominio total del tempo del partido, domando los arrebatos furiosos de los locales con sobrada jerarquía. A José Enrique no le desbordaron ni una sola vez. Coloccini se permitió varios lujos temerarios con la pelota, marcando el estilo desde la cueva, opuesto al frenesí primitivo del Crystal Palace. Alan Smith, otrora niño prodigio, manejó la contienda a su antojo, en el eje, con los rivales, con el árbitro, con los rugidos y los silencios de las aficiones, la suya, y la ajena. Jonás destiló talento, superior en cada una de sus intervenciones, dispersas pero letales. Y Kevin Nolan, para culminar, tardó minuto y medio en ajusticiar de golazo imparable, y reivindicarse como lo que es, un jugador de primera fila.

El buen inicio de temporada permitió al interino Chris Hughton convertirse en dueño definitivo de la pizarra. Entrados en febrero, el Newcastle es líder del campeonato, y permanece invicto en su feudo. Firme hacia un ascenso inmediato que minimizaría las negativas consecuencias económicas derivadas del descenso, un recuerdo supersticioso endulza las expectativas de sus aficionados. El año posterior al último ascenso (1992-93, Kevin Keegan al mando), el Newcastle firmó una temporada brillante, con un Andy Cole en estado de gracia (41 goles en el curso 93-94), escoltado por Peter Beardsley, y el tercer puesto en la tabla, con una apuesta preciosista de ataque que les valió el apelativo, según me cuenta Sergio Cortina, que es más anglófilo y viejo que yo, de The Entertainers, un grupo de juego alegre y simpático, que marcó 82 goles y precedió al talonario que atrajo a Ginola, Shearer, Asprilla y los que después vinieron.

Para cerrar con otra anécdota, abusaremos de la memoria de Borja Barba (la lista de correo de DDF es un no parar). Justo ese Newcastle pujante visitó San Mamés durante la campaña siguiente, en una eliminatoria de la Copa de la UEFA. Las urracas eran líderes de la Premier, por aquellas fechas, y fueron eliminadas por el Athletic, tras una noche gloriosa de Gontzal Suances en St James’ Park, y un alarde de olfato del Cuco Ziganda. El golpe fue tal, inesperado, que en el torneo doméstico se desinflaron hasta terminar sextos. Y el año siguiente, todavía en los dorados noventa, se les escurriría el título en la recta final pero, aunque imprescindible, esa historia queda para otra ocasión.

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