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Las penas del colista (de 2ª)

Me resulta muy extraño sentarme aquí a explicar qué ocurre con el CD Castellón. Lo suelo hacer en mi trabajo, al menos una vez por semana, de eso vivo. Y lo suelo hacer a diario, con quien me cruzo, porque el Castellón es el equipo de mi ciudad, y soy abonado, accionista e hincha antes que nada. También me incomoda, por cierto, teclear esta entrada ahora que García Osuna, uno de los máximos accionistas de la entidad y responsable de la parcela deportiva del club, apesta a leña de árbol caído, y quienes hace nada estiraban chaquetas se apuntan últimamente, oportunistas, a la corriente inevitable pero, bueno, ahí están las hemerotecas para que nadie se confunda. En realidad, lo que hoy escribo en Diarios de Fútbol no es nuevo, es una historia contada a tiempo real en mi periódico, y esto es una especie de resumen para quienes se acerquen por vez primera al cuento.

Sea como fuere, trataré de hacerme entender, y desgranar las penas del colista de la Liga Adelante, ese club contra natura, el pobre Castellón, en el que Osuna negocia consigo mismo para salir siempre ganando. Porque el hombre no sólo es el jefe, sino también representante de futbolistas. En la actualidad, de casi la mitad de la plantilla. Entre otros, de siete de los defensas que forman la zaga más goleada del campeonato.

A día de hoy, el CD Castellón ocupa la última plaza de la clasificación de Segunda, ha ganado tres partidos en dieciocho jornadas, y suma más derrotas (13) que puntos (11). Hace un año, en cambio, el equipo albinegro acechaba con ahínco y pujanza los puestos de ascenso a Primera. En enero de 2009, con Abel Resino al mando, Àngel Dealbert y Pepe Mora formaban la pareja de centrales, y López Garai, en el pivote defensivo, completaba el triángulo sobre el que todo se sustentaba. A partir de ahí, Mario Rosas asumía el peso en la creación, y Manuel Arana, en el extremo diestro, abría las defensas; los dos, enseñaban los caminos hacia las victorias. Los cinco, hacían mejores a los demás compañeros.

Pero, al poco, Abel Resino se marchó al Atlético de Madrid y, por decirlo de alguna manera sencilla, con Paco Herrera en el banquillo el equipo no supo competir cuando se le exigió lo máximo, maquillando sus números en la recta final. En ese punto, llegó el verano que fue una pesadilla. Dealbert, que arrastraba un contrato ridículo desde la época en 2ªB, sin renovar, se marchó gratis al Valencia. Tampoco renovó el fiable López Garai, que ya dejó de jugar en los últimos meses, y ahora anda por Vigo. El resto de la columna vertebral del colectivo, Mora, Mario y Arana, están representados por José Manuel García Osuna, tenían contrato en vigor y su salida es difícil de justificar con argumentos deportivos.

Pepe Mora se fue al Recreativo de Huelva por 200.000 euros. Mario Rosas al Real Murcia gratis (con una cláusula de pago en caso de que el conjunto pimentonero ascienda a Primera -es penúltimo- y con la cesión de Xisco Campos -piensen mal y acertarán el nombre de su representante-). Y Manuel Arana al Racing de Santander por 600.000 euros. Osuna apeló a la supuesta mala relación de uno con la grada de Castalia, a la imparable proyección de otro, o a los favores debidos a un tercero. La cuestión, inapelable, es que se destrozó al colectivo y el club, a cambio, sólo tapó agujeros de un presupuesto que presentó, hace menos de un mes, unos 2.700 euros de superávit.

Osuna arriesgó así en verano la permanencia de lo único que había podido presentar desde que llegó a La Plana en 2005, buenos números deportivos. Cuando la trinidad visible del grupo que compró el club unos meses antes del ascenso a 2ª se presentó a su afición, delimitaron las zonas de su trabajo. José Laparra, presidente, se dedica al área social. En 2010, el Castellón tiene menos de la mitad de los abonados que tuvo en la temporada 2005-06, y menos que en los últimos años en 2ªB.

Además, ha desperdiciado la ola optimista que surgió en la capital de La Plana a raíz del éxito del vecino y del año del récord de Oltra (2002-03), cuando se gestó un sentimiento de pertenencia común a un legado intergeneracional. Fue una respuesta ante la avasallante imposición del nuevo rico, una punzada de orgullo genealógico, honesta, sin más interés que ser uno mismo. Curiosamente, la bonanza ajena reafirmó el tribalismo albinegro y el Castellón, a su manera, se puso de moda, y alguien debió pensar que esa inercia sería eterna. Desaprovechar esa fuerza, desperdiciar ese tiempo de ilusión inocente para engendrar un estilo de club que otorgase una identidad exclusiva y duradera fue un gran error, un error irreversible ya.

Del área económica se encarga Antonio Blasco, que subió al Levante a 1ª y también pasó por el Elche. Modernizó la estructura interna del club, manejó la deuda heredada con Hacienda y cosas por el estilo. Con pocas ganas de protagonismo, impulsó sin éxito la construcción de un nuevo estadio, y la crisis parece haberse llevado el dinero de la mayoría de los patrocinadores. No ha abierto la boca en público para desmarcarse de la política de su socio Osuna así que cae, cuanto menos, en la categoría de los cómplices.

Y en el área deportiva, Osuna dirige en lo alto de la pirámide. Su Castellón, en los mejores tiempos, pudo ofrecer resultados, objetivos cumplidos. Al desaparecer los números, no ha quedado nada. Osuna desmanteló la plantilla sin sonrojo en el periodo estival. La coartada principal y recurrente, en cada uno de los pasos del consejo, suele ser la estabilidad financiera del club, el tótem irrenunciable en una Liga y en un ámbito en el que la deuda y el riesgo son habituales. No sé si todos los clubes que deban algo desaparecerán al final de temporada, pero permítanme la duda. Mientras, el Castellón ha pasado de alardear de captar futbolistas que rebajaban sus pretensiones económicas a cambio de vivir con la certeza de pago, a ver cómo nadie quiere jugar en el peor equipo de la categoría. Decadencia pura.

Es 12 de enero, y el colista aún no se ha reforzado, pero se esperan incorporaciones esta misma semana. Hace unos meses, cuando David Amaral era el entrenador, Osuna dijo no querer participar en el “circo catastrofista” montado por los medios de comunicación. Hace unas jornadas, ante la apertura del mercado invernal, dijo “no tener tan claro” la necesidad de mejorar una plantilla experta en batir registros negativos. Una plantilla, que no se olvide, a la que no sólo despojó de talento y recursos, sino de alma. Dealbert y Mora eran, además del filtro que propició el trofeo Zamora de Carlos, el vínculo canterano que unía el escudo y la camiseta con la grada, capitanes junto a Xavi Oliva, el portero suplente que cruzó el río, completando la escena.

Y en fin, de esta índole, a grandes rasgos, es la agonía del Club Deportivo, con ratas que huyen en desbandada, buitres que aguardan relamiéndose y palmadas en la espalda que tornan en puñaladas, medradores de corte. Un drama de andar por casa, 87 años de historia, y un futuro incierto. Un equipo incapaz e impotente, un consejo sin un solo enlace útil con la ciudad y una afición que no se reconoce a sí misma, exigida a moverse por territorios inusitados, cuando sólo reclama lo que todas, bufanda y un poco de dignidad. Anoche la Federación de Peñas decidió enviar un comunicado a los medios, en señal de protesta, y entrar en el estadio a los cinco minutos del pitido inicial. En las jornadas previas, varios aficionados se han concentrado, tras los partidos, en la zona de Tribuna, rumiando qué hacer para salvar a un club de fútbol que es, como casi todos, una sociedad anónima. Osuna ha afirmado que la entidad está en venta pero sólo han escurrido rumores, ninguna oferta pública a la que aferrarse a la hora de hacer ruido. Y a estas alturas, habría que recordar que el club se vendió a éstos, y no a otros, por recomendación política.

El problema no es el descenso o, mejor, el descenso no es el mayor problema. Venimos de once años en 2ªB y regresamos al fútbol profesional con más masa social que nunca. El problema, el esencial, es que nadie se fía ni de lo que hay detrás, ni de lo que está por llegar, porque se han encargado de que así sea.

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