Laporta, el hombre pequeño

Mi paciencia es como una trampa para cazar ratones. Inamovible en alguna esquina de la casa, pueden pasar los meses sin que nada la accione, siempre con la tensión del muelle presa, a la espera de una mínima presión en su superficie. De repente, el pasito despreocupado del roedor y el desenlace esperado, la violenta descarga del metal, el ruido seco, el cepo infalible. Cuando escuché la salida de tono de Laporta en la rueda de prensa-perfomance de Guardiola, sobre su séptimo título y la recalcitrante alusión al 2-6 del Bernabéu, pensé que la trampilla había vuelto a saltar por los aires con un presidente al que me he hartado de defender en público. Tiene algo de sádico cuando habla en público. Relame sus respuestas, las masca un rato, elige las palabras como quien prepara un veneno infalible, y las suelta con una sonrisa de leguleyo expectante ante las estruendosas reacciones a su discurso. Laporta apura sus últimas horas como presidente de una manera salvaje, desaforada, fanática. Sin freno en sus declaraciones, sin freno en su politización de la entidad y sin freno en su egolatría, aumentada hasta el infinito por un equipo, el Fútbol Club Barcelona, que en lo futbolístico ha hecho historia bajo su mandato.
Digo que lo he defendido porque desde que llegó al club en el 2003 el Barça ha vivido una época dorada. No sería justo olvidar la importancia que un presidente tiene en esos éxitos. Cierto que la abducción guardioliana permite poco brillo más allá del áurico técnico de Santpedor, cierto que la labor burocrática no puede explicar la zurda de Messi, cierto también que la cada vez más siniestra imagen de Laporta es difícilmente intercambiable por la instantánea de Puyol levantando un trofeo… pero algo tiene que haber hecho bien Joan para celebrar dos Copas de Europa, tres Ligas, una Copa del Rey o una Copa Mundial de Clubes en el palco. Su labor, para mí, se puede resumir en dos momentos: la llegada de Rijkaard, un técnico sin apenas experiencia, con más sombras que luces, que consigue cambiar el rumbo autodestructivo de una entidad que empezaba a acostumbrarse al fracaso, o la invención de Guardiola, un entrenador sin experiencia de primer nivel, con unas virtudes que el president auguraba pero que pocos alcanzábamos a imaginar en su presentación.
Por el otro lado, en la antipatía hacia el barcelonés, siempre se ensalzará a Rosell, incluso a Txiki, se buscarán excusas azarísticas, que sí Ronaldinho vino de chiripa por Beckham, que si la historia de su cuñado franquista, que si los espías, las deserciones, la frustada moción de censura, Maxi López o Hleb. Hasta me obligan a dudar sobre si Laporta ha sido un buen gestor, una persona capaz de alimentar de ilusión a la parroquia blaugrana –como siempre he creído- o, como dicen casi todos mis amigos, sólo ha sido un tipo con suerte que ha vivido del buen trabajo de los demás, un abogado listo que con el entrópico apoyo de Cruyff logró voltear unas elecciones y se ha dedicado al collage de sugerencias ajenas durante su mandato. Argumentos hay: Guardiola ya era apuesta de Bassat en el 2003, Rijkaard llegó tras los noes de Hiddink o Koeman, la brillantez de Messi, Iniesta o Xavi no tiene su causa-efecto en la labor de un organismo gestor, y un largo etcétera.
Lo cierto es que la salida de tono del otro día, ese burdo recordatorio a un partido de la temporada pasada que sólo sirvió para destapar las vergüenzas de un club, el Real Madrid, descabezado por los tejemanejes fraudulentos de su presidente, agarrado al fútbol rácano y resultadista de Juande Ramos, con una plantilla descompensada, un equipo abrumado por la maquinaria culé y que perseguía con más pundonor que estilo a su histórico rival. Sólo fueron tres puntos, definitivos, pero esperable producto de un enfrentamiento entre un equipo esplendido y un equipo en descomposición que había hecho de la defensa partisana su único argumento. Con que pobre argumento se relamía ayer, ante la estupefacta mirada de Guardiola, el presidente del Barcelona. Que inadecuado el momento elegido para ese recordatorio soez, facilón, de hincha venido arriba.
Me pareció tan fuera de lugar que no pude hacer otra cosa que mirar atrás y empezar a contar esas otras declaraciones que había tomado, con cierta connivencia, como puyitas sin maldad. Lo de la caverna periodística, los delirios nacionalistas, las fotografías de un burgués de parranda. Un presidente demasiado pendiente de su importancia, demasiado trascendental para mi paciencia, demasiado desdeñoso para disfrutar de sus títulos. Sin la humildad que hace grandes a los hombres pequeños, con la arrogancia que hace pequeños a los hombres que, por qué no, podrían haber sido grandes.