La madurez, sobre el césped

José María Gutiérrez fue citado el lunes, junto al resto de sus compañeros del Real Madrid, en la pista de nieve artificial cubierta de Madrid-Xanadú para recibir su nuevo capricho, gentileza de uno de los patrocinadores de su club. El centrocampista escogió su capricho: un modesto, si lo comparamos con los descomunales RS6 de Kaká, Ronaldo, Benzema o Dudek, Audi Q7 3.0 TDI. Un juguetito de 55 mil euros de nada. Un caprichín.
La estúpida, permítanmelo, imagen de los niños jugando y haciendo trompos con sus nuevas máquinas, contrasta con el esperpéntico episodio vivido en la noche del martes, apenas 24 horas más tarde, en el campo de Santo Domingo, en Alcorcón, en el que sería tedioso profundizar nada más de lo ya comentado.
Adulto para recibir un regalo de casi 300 c.v., Guti mostró su cara adolescente sobre el césped de Alcorcón. Vaya por delante que mi admiración por el fútbol del ‘14′ blanco viene de tiempo atrás. Por diferente, por imprevisible e impredecible y por las toneladas de fútbol de alta gama que despedían sus botas. Pero su discurso se ha agotado hace tiempo.
El juego de la doble faz, ora futbolista brillante, ora atormentado, que lleva poniendo en práctica el de Torrejón desde hace demasiados años, ha terminado por consumirle. Su actitud es insoportable, para el resto de la plantilla, que sólo puede poner cara de póquer ante sus excentricidades sobre el césped, y, por supuesto, para los aficionados madridistas.
Para él la frontera entre el ardor competitivo y la pataleta no es difusa. Es inexistente. Su imagen del pasado martes, vociferando a sus compañeros a cada gol encajado por su equipo y encarándose con jugadores y afición del modesto Alcorcón dista mucho de ser la de un digno representante del Real Madrid y de su cantera. Los numeritos, para la galería. La madurez, sobre el césped, no sentado en un Q7.