La grandeza de Xabi Alonso
El otro día, mi compañero Dadan Narval realizaba un repaso de futbolistas con los cuales le unía gran afinidad por motivos, en ocasiones, puramente anecdóticos. Esa misma noche, disfrutando de ese España-Turquía que por tantas razones fue un gran partido, hubo un momento en que me di cuenta de que hay afinidades que en cierto modo se construyen de modo opuesto: un futbolista que más o menos conocías que en un momento dado realiza una acción grandiosa, única, que te marca con respecto a él y que, da igual lo que ocurra en el futuro, nada podrá borrar. Recordé ese sentimiento cuando vi a Mr. Riley dirigirse con su andar pausado al punto fatídico, y me di cuenta del futbolista que se dirigía a ejecutar.
De pronto, y por un instante casi eterno, se borraron los protagonistas del partido, y el disco del tiempo giró, sin moverse del escenario, a una tarde de mayo de 2005. Un conjunto maravilloso, lleno de estrellas y mitos en el cenit de su experiencia, había barrido en un primer tiempo sobrenatural a su rival. No era tanto ya la casi inapelable diferencia del marcador (3-0) como la sideral diferencia entre lo mostrado por unos y otros, arte en movimiento contra rudo estajanovismo, ballet Bolshói frente a estibadores del puerto, hombres contra niños. Nada hacía suponer que, en uno de esos guiños que de vez en cuando prodiga este juego a la probabilidad cero, dos acciones vertiginosas redujesen, recién reanudado el partido, la diferencia al mínimo. Y cuando poco después el árbitro señalaba el punto de penalty que ponía tan cerca (tan lejos) el empate a los de rojo, un escalofrío, o quizá un grito ahogado, recorró el planeta fútbol. La sensación de momento imposible, de frenazo en el tiempo, o de instante que imprime al espectador un barniz indeleble de privilegio, recorrió las pantallas de media Europa y las gradas de ese estadio que, poca gente lo sabe, lleva el nombre de la victoria. Además, a estas sensaciones se unía otra, más seca y desagradable: la irreversibilidad, el sentimiento de que la ola del destino, para bien o para mal, acababa en esos once metros, en el último tren ya humeante en la estación, presto a partir.
Una silueta desgarbada se encaminó al pequeño redondel. No era el pelirrojo Gerrard, capitán de capitanes; ni ese eléctrico Milan Baros que, como receptor de la falta, quizá tenía cierto derecho a reclamar el lanzamiento; ni el cañón de Riise ni, en fin, ese Carragher que personificó como nadie la travesía del desierto que todos creímos ver llegar a vía muerta en Estambul. No. El hombre que asumía quizá la mayor responsabilidad jamás concebida en uno de los clubes más laureados de Europa no había nacido a orillas del Mersey, pues vio la luz junto al Oria, en Tolosa; no era un veterano de mil batallas, pues escasos 23 años lo contemplaban; ni tampoco un clásico del club, sino más bien el último en llegar. Sin embargo, suya fue la decisión, suya la deslumbrante grandeza de encaminarse a ese inolvidable cruce de caminos del fútbol europeo, suya –suponemos- la inmensa decepción de ver la manaza de Dida tocar el balón, y suya por supuesto, justicia obliga, la alegría desbordada, quizá mezclada con algo de alivio, al recoger el rechace y alojarlo por fin en la la jaula de la gloria.
Lo demás es historia: la agonía en la prórroga, los calambres de Carra, la gloria de Dudek, las lágrimas de Sheva o, sic transit gloria mundi, un kilogramo de plata en las vitrinas de Anfield. Imágenes, después de todo, mas ninguna tan brillante, tan brutalmente descriptiva de la talla del futbolista y del hombre, como la de Xabi Alonso. De pie, esperando el silbatazo de Mejuto mientras, sin saberlo, se convertía en mito.
Todo eso recordé mientras anticipaba la tranquilidad con la que el donostiarra transformaba el penalty que aumenta la leyenda de la Roja. La jugada clave en un partido clave, que resolvió el amigo como si llevara bata y zapatillas. Ahora ya lo sabemos, la ventaja decisiva que otorga el conocimiento del propio temple, y la conciencia de haber elegido ya antes un infierno posible y salido indemne de él. Don Xabier Alonso Olano, un grande.