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La dinamita del Valencia

El Valencia no enciende la mecha tan a menudo como desearía Unai Emery pero, cuando lo hace, cuando el desbordante talento que reúne en posiciones ofensivas entra en trance, pocos equipos en el mundo alcanzan tal nivel de belleza, velocidad y eficacia, y pocos equipos son capaces de sostener el empuje de un ataque que mezcla rabia y sutileza, en el que todos hacen de todo, por dentro y por fuera, indetectables, armoniosos.

Anoche, antes y después de la expulsión del joven andaluz Kiko, el Valencia enlazó minutos de pleno extásis, avasallando al Villarreal. Combinaciones desatadas al primer toque, desbordes en el uno contra uno, mordiscos a la yugular en una presión criminal. Eso, con dos internacionales en el banco, Marchena y Pablo Hernández, con el inesperadamente virtuoso Albelda en plan cacique, único jugador de campo que ha superado la treintena, recuperado por Emery para el máximo nivel. Una exhibición en Mestalla, en definitiva, de una plantilla que, sin embargo, prefiere no mirar más allá de la tercera plaza. Quizá por eso, el entrenador trata de lanzar un mensaje ambicioso a un grupo demasiado irregular, todavía fresco el descalabro copero en Riazor: “Tenemos que mirar al segundo puesto“.

Y es que en ocasiones, la primera barrera es la mental. Este Valencia se gestó desde la crisis económica e institucional (volver a la Champions como único objetivo), y pocos habrían apostado antes del verano por la permanencia de Villa y Silva en la capital del Turia. Pero lo cierto es que, de momento, ahí están. Dos de los mejores futbolistas del continente, el apetito sin fin de David Villa, la cadencia elegante de David Silva, acompañados por un puñado de nobles complementos, con el Chori Domínguez aún a medio aterrizar, y Zigic reducido a ocasiones especiales, recuperando protagonismo Joaquín en su regreso, acuciado por la verticalidad de Pablo, y el puñal de Mata en la banda contraria.

Manejando tal arsenal, y con la irrupción del esperado conductor de juego, un Banega cada vez más fiable, más seguro de las posibilidades de su talento, haría bien ese vestuario en escuchar la frase de su entrenador, olvidar unos por un rato el Mundial que espera en junio, y tomarlo otros como motivación extra para agitar un campeonato que se adivina carísimo, más si a la enconada lucha que se espera entre Barça y Madrid, se autoinvita el fútbol explosivo de los muchachos de Emery. Cabe resolver si un equipo que necesita entrar en combustión para ofrecer lo mejor de sí, guarda la dinamita necesaria para prolongar su vertiginosa apuesta en el tiempo.

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