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La cuestión Spalletti

totti-spallettiEn la entrada sobre la extraña alineación presentada por Carlos Queiroz en Dinamarca, mi compañero Antonio Agredano concluye uno de sus párrafos con un recado. “Portugal no puede marcar goles sin delanteros. Es imposible, va contra los más elementos principios futbolísticos. Así le ha ido a Spalletti, por cierto.” La mención al técnico italiano levantó cierta polvareda en los comentarios posteriores y yo, sin que suene a ofensa, soy de los que no comparte la inclusión de Spalletti en el mismo saco que Queiroz, Maradona o Domenech.

Luciano Spalletti llegó a la Roma en el verano de 2005, avalado por dos éxitos incontestables. Con el Empoli, ascendió desde la Serie C a la Serie A. Con el Udinese, más tarde, terminó cuarto y alcanzó la Champions, un modesto entre tiburones, siempre apostando por un fútbol atrevido y dinámico. Insultantemente jovial en la seria rigidez del Calcio.

Un campo de cenizas y quejidos se encontró Spalletti al aterrizar en la capital italiana. La Roma, deshauciada la escuadra campeona de Capello, en plena crisis económica, había consumido cuatro entrenadores en un año. Sus inicios bordearon la catástrofe, deambulando por el torneo, con el vestuario dinamitado por los delirios de Cassano al negociar su renovación. Fue Cassano, precisamente, quien de manera involuntaria encendió la luz con su adiós a mitad del curso. Se unió la lesión de Montella, y de la necesidad absoluta, sin más delanteros fiables a los que encomendarse, Spalletti encontró su plan.

La capacidad de adaptación, al más puro estilo darwinista, le valió al entrenador no sólo para sobrevivir, sino para causar asombro en toda Europa. Sacudiendo los cánones establecidos, encadenó una racha inaudita de once victorias consecutivas coronadas en el clásico romano, ante la Lazio, a domicilio y sin Totti. El equipo pasó de temer por el descenso a pelear la Liga de Campeones.

En sus mejores momentos, la Roma de Spalletti resultaba mortal por imprevisible. Una defensa de cuatro escoltaba a un enjambre de centrocampistas de ida y vuelta, complementarios, que lanzaban diagonales zumbantes, en apoyo o de ruptura, evitando la marca fija al rival, ahogado en mar abierto, y alimentando el lado creativo de cada uno de sus hombres. Con Totti liberado, estrella indiscutible antes y después de su terrible lesión, desplegando su fenomenal repertorio de recursos de superdotado, y con una tropa dispuesta, feliz en el fútbol frenético, formada por De Rossi, Pizarro, Taddei, Mancini, Perrotta o Aquilani, y las rubricas de Vucinic, que desplegó el juego más atractivo de Italia, más crecido en las grandes ocasiones, con memorables triunfos ante los clubes milaneses, que al oficio funcionarial del día a día.

Este optimismo romano fue herido de muerte una noche fatídica en Manchester. Antes de aquello, del siete a uno humillante con el que el United trituró el sueño giallorossi, había eliminado al Lyon, y vencido en la ida a los mancunianos, dos a uno. Después, con el ala quebrada, mantuvo el orgullo para ofrecer el mismo despliegue generoso coronado por algún latigazo brillante, la dulce velada en el Bernabeu, o las dos finales de Coppa vencidas al todopoderoso Inter, que le amargaba en el torneo de la regularidad.

Pero, de alguna manera, en la noche de Manchester el Calcio, la opinión, el vestuario… interiorizaron la certeza de las limitaciones del proyecto romano, cada vez más evidentes los problemas financieros, más maltrecho Totti, más agotada la convivencia, convertida en rutina la anterior excitación. Así, ya en 2009, en decadencia pero antes del despido, Spalletti golpeó a la conciencia del fútbol con dignidad, en un último brindis, dimitiendo para marcharse como corresponde: sin un euro que no se hubiese merecido.

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