Jugar a cosas de mayores

Ayer tarde el Athletic Club de Bilbao firmó su finiquito en la actual edición de la Europa League tras caer contundentemente derrotado por cuatro goles a cero frente al Anderlecht, en el partido de vuelta de dieciseisavos de final, disputado en el Constant Vanden Stock bruselés. La situación, sobre el papel, no pintaba descabellada. Caer eliminados ante un clásico europeo, jugando la vuelta lejos de San Mamés y tras haber pasado una liguilla complicada con bastante soltura, amén de dos rondas previas, no puede calificarse como desastre total. Pero las sensaciones dejadas en el último partido disputado en el torneo, el mal sabor de boca de ese inapelable, contundente y doloroso 4-0, deben llevar a alguna que otra reflexión, necesaria a estas alturas, en el ámbito del club rojiblanco.
Vaya por delante que, pese a lo que pudiera erróneamente indicar el título de este artículo, reflexiono y escribo desde el cariño que me vincula con el club bilbaíno. Y entiendo, como aficionado al fútbol y como seguidor del Athletic Club en particular, que hay cosas que no deben pasarse por alto.
A día de hoy, el equipo bilbaíno ha conseguido reunir una plantilla bastante por encima del nivel habitual ofrecido en la última década. De una tacada, se ha juntado en el primer equipo a un portero (por fin) de garantías, probablemente en el Top 5 de porteros españoles, como Gorka Iraizoz. La defensa ha visto aparecer a un Fernando Amorebieta que, con sus pros y sus contras, aúna las principales características tradicionales del central vasco: fuerte, corpulento, agresivo en el cruce…, a quien se ha unido en la presente temporada esa feliz noticia, procedente del Mersey, llamada Mikel San José. Por delante está un tal Javi Martínez, a cuya puerta empiezan a acudir ya varios clubes ingleses y sobre el que debería edificarse, en la medida en la que sea posible retenerlo, el futuro del equipo. Arriba, todo un internacional como Fernando Llorente, aderezado todo ello con las gotas de calidad aportadas por Markel Susaeta y, sobre todo, el jovencísimo Iker Muniain.
Cualquiera de sus teóricos suplentes a día de hoy, sería indiscutible titular en el Athletic de hace cuatro o cinco campañas. Los Castillo, Díaz de Cerio, Gabilondo, Ustaritz o David López habrían sido la única tabla de salvación en los años oscuros de coqueteo con el descenso. Pero, afortunadamente para la afición de San Mamés, las cosas han cambiado un poco con respecto a aquellos días.
Habrá quien quiera ver una crítica enfurecida a Joaquín Caparrós, repleta de bilis, resultadista y plena de oportunismo. No pienso esconder que el técnico andaluz no ha sido nunca objeto de mi devoción. Ni hoy, ni cuando el equipo llegó a la Final de Copa el pasado año. Pero, al mismo tiempo, tampoco quiero perder la posibilidad de poner el grito en el cielo, o la palabra en la web, ante lo que se está permitiendo hacer al utrerano con el equipo.
Mucho se ha hablado ya, con opiniones de todos los colores, sobre la simpleza de juego del Athletic Club. A simple vista, parece un equipo con jugadores ramplones, poco dotados técnicamente, ansiosos por usar (y abusar) del tradicional pelotazo para ganar metros en sus proyecciones ofensivas. Cualquiera que haya sido capaz de ver al menos un par de partidos de los bilbaínos (y digo bien, ‘haya sido capaz’), habrá podido constatar la cantidad de talento desperdiciado que se sepulta tras tanto balón colgado a Fernando Llorente. Pasar por encima de Javi Martínez, Susaeta, o incluso el propio Muniain (al que, por qué no, deberían dársele desde ya todos los minutos del mundo, básicamente porque no hay jugadores de sus condiciones en la plantilla) supone desperdiciar a una de las mejores plantillas que ha conseguido reunir el Athletic en muchos años. Las arengas tribuneras, la sangre inyectada en los ojos y el músculo en la palabra están muy bien y son vitales en este club, pero siempre que se combinen con un intento de jugar al fútbol.
Y no nos engañemos, el equipo es lo que es. Jamás podrá competir con un grande de la Liga, ni soñar con finales europeas, pero de ahí a dar por sentado que el único recurso al que este equipo es capaz de asirse es el exhibido, por ejemplo, ayer en Bruselas, va un abismo. No, el Athletic no tiene peor plantilla que el Mallorca, que el Deportivo de La Coruña o que el Getafe, por poner tres ejemplos de la zona. Lo que tiene es una peor concepción de sí mismo, provocada, en gran medida, por el acomodamiento que Joaquín Caparrós ha instaurado en el club como modus vivendi. Con lo que dispone, Caparrós debería de haber extraído mucho más de este equipo. Otros, con menos, hicieron el doble. Vendrán mal dadas, llegarán los años de barbecho en Lezama, y nos llevaremos las manos a la cabeza.