Jan ya no quiere a Samu
Hubo un tiempo, no mucho ha, en el que Samuel Eto’o era al barcelonismo como Moisés al pueblo hebreo. El camerunés era considerado como una especie de faro espiritual, un guía imprescindible para salir de los tiempos oscuros, un líder al que encomendarse y un activo por el que sacar pecho. Joan Laporta lo vio claro. El delantero era un plato muy jugoso para la boca del aficionado culé. Su pasado madridista y sus casi siempre brillantes actuaciones contra el eterno rival cuando aún goleaba con la bermellona del Mallorca, hacían de él el abanderado ideal en la lucha por el poder azulgrana. Samu fue clave en el ascenso al poder del hoy presidente culé. Su relación, siempre enfrentada a la existente entre Sandro Rosell y Ronaldinho, traspasaba las fronteras de lo cotidiano entre un presidente y un futbolista de su club.
Pero el amor tiene fecha de caducidad. La relación entre la presidencia y el camerunés se vio truncada por variados factores. La irrupción de Messi o Iniesta, los irresistibles éxitos sobre el césped (encabezados por la Copa de Europa de 2006), o el deterioro de la convivencia del vestuario, fueron factores irresistibles que elevaron a la estratosfera el incontenible ego de Laporta, al tiempo que dilapidaban la relación de éste con Samu, otro con un ego de magnitudes preocupantes.
No tardó el Mesías camerunés en sacar los pies del tiesto. Sonados fueron sus exabruptos el día de Vilafranca del Penedès (acusando a Rijkaard de ‘mala persona’). Algunos necesitaron de una demostración de facultades como aquella para convencerse de que todo lo bueno que tenía Samuel en las áreas contrarias, lo tenía de malo cuando se alejaba de los campos de fútbol.
Poco a poco, Samu dejo de ser el niño bonito de Jan. Sin opositores serios enfrente, al dirigente azulgrana se liberó de esa Eto’o-dependencia que protagonizara los primeros años de su mandato. Campeón de Europa, de Liga, con un equipo arrollador, con futbolistas de talla mundial y deseados por todos los grandes de Europa, Laporta comenzó a vivir sus mejores momentos desde que accediese a la poltrona del Camp Nou. ¿Para qué iba Jan a necesitar a Samu a partir de entonces?
Muerto el perro, se acabó la rabia. Algo parecido debió de pensar el mandamás barcelonista cuando el verano pasado, junto a Txiki y Guardiola, calibró la idea de dar vía libre a la salida de Eto’o. El camerunés, el mismo que había llegado al club para sacarlo de las tinieblas, ahora era sólo una pieza más en un puzzle completo. Resumiendo: sobraba.
Pero los planes de la cúpula dirigente azulgrana, mostrando la puerta de salida al polémico delantero, no contaban con el mayor de los imprevistos: ellos no querían a Eto’o, pero Eto’o sí los quería a ellos. Confiado de sus posibilidades como ninguno (probablemente, es el lado positivo de ese ego incontenible), el camerunés volvió a ser clave en el deslumbrante Barça de Guardiola. Con 30 goles en 36 partidos de Liga, cualquiera discute a un futbolista.
El pasado lunes, un sms (¡sí, un sms!), en el teléfono móvil de Josep Maria Mesalles, representante del camerunés, remitido por el responsable barcelonista del área de fútbol, Raül Sanllehí, ponía sobre la mesa una oferta de renovación por dos temporadas. Teniendo en cuenta que Eto’o termina su actual contrato el verano que viene (junio de 2010), no parece demasiado arriesgado afirmar que la oferta tiene un objetivo claro y evidente: evitar la salida gratuita del que fuera recibido como Mesías.
Nadie va a discutir a estas alturas la complejidad de mantener a un personaje como Samuel Eto’o en un vestuario que, a día de hoy, es una balsa de aceite. Cualquier chispazo, y todo vuela por los aires. Pero, qué les voy a decir… dénme pan y llámenme tonto. Pocos delanteros hay en el mundo con las capacidades del africano. No se trata sólo de sus goles, se trata de su compromiso, de sus contagiosas ansias de victoria. Son valores intangibles, difíciles de cuantificar económicamente (¿cuántos millones de euros vale la capacidad de motivación para con sus compañeros de Eto’o?), pero tan decisivos como sus goles. Prescindir de Eto’o sería un riesgo. ¿Por qué tocar lo que funciona?