Imágenes de 2009: Florentino 2.0
Mientras en Barcelona se cocía a fuego lento una leyenda en los fogones de Pep Guardiola, en la capital de España se vivían tiempos convulsos, como probablemente no se habían vivido antes en la historia del Real Madrid. La inevitable comparación con el eterno rival azulgrana dejó en tal estado de evidencia a la pantomima perpetrada por el inolvidable, por deméritos, Ramón Calderón, que su final se precipitó de la manera más rocambolesca, sonrojante y disparatada que el aficionado podría llegar a imaginar.
Con el arranque de 2009, las vergüenzas del ex presidente blanco quedaron al descubierto, tras la bestial campaña persecutoria asida por las riendas por Eduardo Inda y su diario Marca. Se destapó el fraude en la Asamblea ordinaria, en la que se falsearon las votaciones de aprobación de cuentas y de presupuesto y a la que llegaron a acudir personas que no eran ni socios de la entidad blanca. Fueron días extraños. Los nombres de Nanín o Luis Bárcena aparecían cada día en la prensa, mientras Calderón se aferraba a su sillón presidencial de manera cercana a la ridiculez.
Finalmente, tras haber sometido al club a unos niveles de ridículo difícilmente repetibles, Ramón Calderón presentaba su dimisión el día 16 de enero, rodeado de unos adláteres más preocupados de que se los tragase la tierra que de dar la cara por su presidente.
Vicente Boluda fue un puente entre el dimitido Calderón y el advenimiento del nuevo Mesías. Para la historia del madridismo quedará aquel sonoro arranque de locuacidad, más destacable si cabe por proceder de un hombre discreto, previo a la eliminatoria frente al Liverpool. Aquel ‘en Anfield los vamos a chorrear‘, dejó al naviero valenciano a la altura de su predecesor. Un hombre discreto, con una pasión oculta: la charlatanería.
La temporada terminó con el sonrojo del 2-6. Y digo ‘terminó’, porque el aplastante resultado dejó a los blancos sumidos en un estado semi catatónico y sesgó de cuajo unas raíces, las del equipo corajudo armado por Juande Ramos, aparentemente fuertes y profundas.
Con tal panorama, Florentino Pérez no necesitó ni tan siquiera de elecciones para recuperar su trono. Su fulgor cegó a todos los aspirantes a candidato y el camino hacia la reconstrucción blanca quedó expedito a las primeras de cambio.
El nuevo presidente nunca prometió títulos. Lo único que aseguró a sus fieles fue que dispondría sobre el césped del Bernabéu a los mejores jugadores del mundo. Así llegó Kaká, vieja aspiración madridista algo enturbiada en los últimos meses y, sobre todo, llegó Cristiano Ronaldo, en una muestra de poderío que hacía mucho tiempo que el Real Madrid, como club, no exhibía. La colección de cromos acabó completándose con Xabi Alonso, Karim Benzema, Raúl Albiol, Álvaro Arbeloa o Esteban Granero, y a los mandos del paquebote se colocó a Manuel Pellegrini, un entrenador con aspecto indudable de segundo plato.
Pero no es oro todo lo que reluce, ni aunque reluzca mucho. Los comienzos de la nueva aventura de Florentino no están siendo sencillos. Los resultados acaban por llegar (salvo sonoras excepciones), pero el juego no termina de ser el deseado, pese a las buenas vibraciones transmitidas justo antes del parón navideño. El giro de timón en la dirección del equipo era una necesidad. Ahora, sólo el tiempo terminará por decirnos si los acontecimientos y los numerosos cambios de aguja sobrepasados en este 2009 han terminado colocando al club madrileño en la vía correcta.