Hay Premier, ¡aleluya!
Esto ya lo hemos visto antes, y no una vez sólo. Un equipo grande que se acostumbra a su superioridad, que comienza a ganar haciendo lo justo, que cada vez administra más el esfuerzo, cada vez muestra menos en el campo. Poco a poco, de todo lo que maravilló un día, acaba quedando únicamente el resultado. Y cuando por fin llega alguien y tira la primera ficha del dominó, con cuanto más estrépito mejor, el emperador se da cuenta de cómo le timó el sastre. Es corregible, pero ésta y no otra es la impresión que da el Manchester, campeón de Premier y Europa, no lo olvidemos. Récords de partidos ganados, récords de imbatibilidad, récords de Van der Sar… y también de bostezos, de conseguir más de lo merecido, de provocar nostalgia recordando al artístico conjunto del año pasado. Y de repente, se encajan cuatro goles en casa contra el más directo rival, y algo se hace añicos; y la siguiente semana, en el campo de un Fulham que sirvió de víctima propiciatoria pocas fechas antes, un 2-0 que asombra al continente, anima la Liga más animada, y descubre las grietas en la estructura del gigante invencible. Muchos suplentes una vez más, una mano de Scholes, expulsión y adiós. Con los cuartos de la Champions ahí al lado, y un lobo sediento de sangre rascando las puerta con las uñas.
Porque eso y no otra cosa es el Liverpool: a día de hoy, y con permiso del ballet barcelonés, el equipo más temible de Europa. Desquició al Madrid en el Bernabéu para pasarlo por la trituradora en el viejo Anfield; profanó Old Trafford para acabar paseándose; y ayer pareció Godzilla frente a un atemorizado Aston Villa –que aspira a Champions y, hoy por hoy, es un gran equipo- que asumió la manita con la resignación debida frente al demasiado poderoso. Descomunal Riera, recordando viejos tiempos de gloria en Mallorca y Montjuïc, y triplete de Gerrard para engordar leyenda y estadística, pues por una vez no fueron estratosféricos los tantos del capitán: dos penaltis y falta rasa con ligera comba. El enfrentamiento nuestro de cada año con el Chelsea promete muchísimo.
Y ya que hablamos de los blues, no está de más recordar cómo lo tumbó el sábado un Tottenham que es un monumento a la irregularidad, y que da un pasito más para salvar una temporada que ya empezó cruzada. Prosigue con su renacimiento el Arsenal (1-3 en la tienda de regalos de St. James’ Park), que en cierto modo parece la imagen especular de su rival Villarreal, y que va recuperando juego y futbolistas a medida que los tambores de Champions suenan más cerca. Dos goles del Espárrago Crouch tumban a un Everton que no puede evitar llorar por Arteta, y saca sudando sangre el City su partido ante el modesto Sunderland; Robinho, que falló un penalti, va de lío en lío en su autoproclamado camino hacia el cetro del fútbol, y el partido lo sacaron los celestes gracias a un solitario tanto de Micah Richards. Un pequeño soplo de ánimo, para terminar, para ese Hull que animó la Liga a principios de año –tan lejos, tan cerca-, que prosiguió su caída libre en Wigan y que ya ve la puerta del infierno que esculpiera Rodin sin necesidad de binoculares. Pena de Tigers, Geovanni al frente, que nos hicieron creer algunas jornadas que todo era posible.