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Fútbol y política: sobre los brazaletes en Irán

2009061902285935_640 Quien me ha leído regularmente, sabe que a diferencia de la mayoría de los analistas deportivos creo sinceramente que el deporte en general y el fútbol en particular no ha de estar necesariamente desvinculado de la política, en lo que a las gradas se refiere. Y me refiero a las gradas, porque doy por supuesto que en otros aspectos no sólo no tiene por qué estar desligado, sino que su vinculación es total (selecciones estatales, campos municipales, presidentes de clubes metidos a políticos y viceversa, etcétera).

Quienes defienden la separación por principio de la cuestión de los asuntos comunes con respecto al fútbol lo hacen en base a que tal mezcla podría suponer episodios ciertamente desagradables, cuando no actos de violencia desaforada; y así, acuden a la historia de nuestro deporte para rebuscar entre los archivos los casos puntuales en los que política y fútbol han resultado un cóctel explosivo.

Sin embargo, no faltan ejemplos en los que esta mezcla ha servido de catalizadora de cambios necesarios. Las protestas en los estadios de la URSS –sobre todo en los del Dinamo de Kiev y el Spartak de Moscú-, los cánticos de resistencia entonados en los estadios de las dictaduras –europeas, sudamericanas o africanas- o el liderazgo simbólico –pero significativo- que ciertos futbolistas han tenido con determinadas causas, son ejemplos todos de cómo el fútbol, en su calidad de fenómeno social, ha servido y sirve para alcanzar etapas necesarias en la búsqueda del bien social y la justicia.

El último ejemplo de lo que digo proviene de Irán. No vamos a resumir aquí la triste historia de este país desde el derrocamiento del honrado Mohammed Mossadegh hasta la instauración del estado islamista –que por otro lado debería ser de obligado conocimiento para todos aquellos ignorantes que acusan a los iraníes de poco menos que de salvajes medievales- y cómo ésta es causa de los males que ahora acontecen allí. Baste con decir que el necesario cambio político que ansían tantos y tantos persas, postergado gracias a la imbecilidad con que la comunidad internacional actuó con respecto a Jatami (el trato humillante dado en su momento por muchos Estados, incluyendo España, al gobierno de éste fue una de las causas de la emergencia de Ahmadineyad), es encarnado ahora en la figura de Mir Hosein Musaví y las protestas con respecto a las recientes elecciones presidenciales de sus seguidores.

El caso es que en el último partido de clasificación al Mundial que disputó la selección de Irán, frente a Corea del Sur, en Seúl, varios de los jugadores persas aprovecharon que el acontecimiento iba a ser seguido por millones de iraníes para mostrar su apoyo al cambio político, mostrando brazaletes verdes, el color adoptado por los seguidores de Musaví. Fueron, además, las principales estrellas de la selección. Hablamos de Alí Karimi, Mehdi Mahdavikia, Hosein Kaabi, Vahid Hashemian y los jugadores de Osasuna Massoud Shojaei y Javad Nekounam.

En mi opinión, se trata sin duda de un gesto valiente, hermoso, solidario y necesario, en un contexto político que reivindica figuras populares que muestren a la ciudadanía iraní la importancia del momento histórico que se está viviendo y lideren una causa justa de la que depende no sólo el destino de Irán sino casi el de todo el planeta.

El asunto de los brazaletes, por otro lado, ha puesto sobre la mesa la hipocresía de la FIFA en este tipo de casos. Si ya en su momento se sancionó económicamente al jugador egipcio Mohammed Abou-Treika por pedir sobre el campo algo tan comprensible como compasión con las personas que vivían la crisis humanitaria de Gaza en Enero de 2008, esta vez el máximo organismo del fútbol internacional no perdió el tiempo en anunciar, a través de su Director de Comunicaciones y Asuntos Públicos, Hans Klaus, que se investigaría si los brazaletes escondían un posicionamiento político. Nos preguntamos si el tal Hans Klaus y la FIFA, en el caso de que Irán hubiera sellado su pase al Mundial, investigarían también el uso que el gobierno de Ahmadineyad habría hecho, sin duda, de un éxito ajeno. Suponemos también que la FIFA habrá abierto tantas investigaciones como fotos hay de equipos de fútbol exitosos con políticos de turno, en lugares tan poco “políticos” como palacios de gobierno o ayuntamientos. Porque, en base a sus premisas, está claro que trabajo de investigación no le faltará a la FIFA.

Ahora estamos en un compás de espera. Las últimas noticias dicen que cuatro de los jugadores que portaron brazaletes han sido suspendidos de por vida (algo que también investigará la TIA, perdón, la FIFA). Si las noticias son ciertas, habrán nacido cuatro víctimas deportivas, pero habrán emergido cuatro héroes políticos. Algo mucho más necesario que goleadores y mediaspuntas en un país con su futuro en vilo.

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