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Fútbol de contrastes

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Arranca la participación de los equipos de Primera División en la Copa del Rey, edición 2009/10, y con ella vuelven sensaciones conocidas, sensaciones que se presentan puntuales, temporada tras temporada. Al eterno debate sobre la modificación del formato actual de la competición (ya saben, todo aquello de eliminatorias a partido único, en el campo del débil, sorteo puro y los grandes desde las primeras rondas en el bombo), se une los curiosos sentimientos que produce en el aficionado el ver pelear, de tú a tú, a los de los Audi SR6 contra los de los Ibiza. Ricos y famosos contra modestos y desconocidos. ‘Trabajadores’ de Valdebebas contra esclavos de la nómina.

La sobreexposición a la actualidad de Madrid, Barça, Atlético o Sevilla hace que perdamos la noción de la verdadera realidad del fútbol. O, al menos, del fútbol como deporte, como mera afición o ejercicio lúdico. Cuando uno retira la vista del estrellato más absoluto y repara en lo que hay por debajo, divisiones y más divisiones hacia abajo, difícilmente puede creer que lo que vive en diario en televisión, radio y prensa tenga algo que ver con lo que se cuece en una Preferente o incluso en una Segunda B o Tercera división.

Y es que, centrándonos en el detalle, ni el balón es el mismo. Acariciar un cuero de Primera división poco o nada tiene que ver con hacerlo con uno de cualquier club modesto, para el que comprar una partida de balones nuevos de gama media/alta supone un esfuerzo económico que obliga a sus dirigentes a hacer verdaderas operaciones de ingeniería económica. Sin recalificaciones urbanísticas ni ingresos por merchandising (más allá de las tradicionales participaciones de lotería navideña, cómo no).

Allí donde los vestuarios de lujo son una utopía, donde los jacuzzis se sustituyen por cubos de basura llenos de agua con cubitos de hielo donde sumergir las piernas cargadas por el peso del barro y donde una misma bendita persona se encarga de hacer labores de utillaje, jardinería, captación de socios o incluso fontanería, no hay lugar para las cámaras ni para los micrófonos. Tampoco lo hay para que los aficionados más radicales se reúnan con los futbolistas para ‘pedir explicaciones’. Ni para sancionar económicamente al jugador que llegue tarde a entrenar. No se siente el calor de la grada… sencillamente porque no hay grada. No se entrena bajo el agradable solecito otoñal de media mañana. Se entrena bajo la tenue luz de unos focos que vivieron sin duda épocas mejores, a las ocho y media de la tarde, con el frío y la humedad penetrando hasta los huesos. Y después de salir de trabajar, claro está.

Pero todo eso es fútbol. Y no sólo lo que se juega en Alcorcón, en León o en Marbella, plazas aún inalcanzables para todos aquellos clubes que debaten su posición en las innumerables categorías regionales que pueblan nuestro fútbol, sino en todos aquellos campos, prados, eras o descampados en los que con una portería a cada lado y cuatro líneas de cal mal tiradas, veintidós personas disfrutan al máximo nivel sin necesidad de atenciones, cuidados, caprichos ni lujos.

Bienvenida sea la Copa del Rey (aun en el formato descafeinado que nos impone la RFEF). Bienvenidas sean estas ‘visitas a la realidad’ de las superestrellas de Primera división, en las que el balón les coloca de igual a igual frente a futbolistas que sólo podrían soñar en llegar a ser como ellos. Aunque sólo sea por un par de horas.

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