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Europa, Europa…

1982-1983-hamburgo4Hoy regresa la Champions League. El jueves, la clásica Copa de la UEFA, en una nueva denominación: Europa League. Estoy contento. Siempre me han encantado los torneos europeos, quizá más que cualquier otro campeonato –a excepción, por supuesto, de esa cosa tan maravillosa que acontece cada cuatro años y a la que llamamos, con nombre proporcionado a su dimensión, Mundial-.

Michel Platini afirmó hace años que las competiciones europeas de fútbol habían ayudado a instalar en el imaginario colectivo del aficionado la idea de una Europa como entidad política. Es cierto. Muchos de nosotros hemos comprendido Europa como entidad mucho antes de que la política tuviera cabida en nuestras preocupaciones. Cuando era niño, las noches de los miércoles eran una ventana a un mundo fantástico, habitado por velocísimos holandeses, magos franceses, fortísimos soviéticos, invencibles alemanes, que hicieron que poco a poco me interesara por aquellos países, aquellas ciudades de las que sólo conocía la existencia de las mismas por su equipo de fútbol.

Cada año, en las copas europeas, había equipos nuevos a los que ver: el horizonte se expandía, el mundo y la diversidad del mismo crecían. Había equipos a los que veías por primera vez pero que, quizá por su nombre (Ferencvaros, Rapid de Viena, Internazionale, Torpedo de Moscú, Schalke 04, Videoton…), quizá por su camiseta (Malinas, Sporting de Lisboa, Trabzonspor), o por un solo jugador, quedaban en tu memoria para siempre. Recuerdo consultar el atlas a menudo para ubicar esas nuevas ciudades y países que sólo había oído en retransmisiones de partidos. Recuerdo también rebuscar los periódicos y las revistas de fútbol para encontrar qué había sido de aquellos equipos antaño temibles y que nunca más regresaron a competiciones europeas: los echaba de menos como se echa de menos a un buen amigo del que hace tiempo que no sabes.

En este sentido, quienes defienden la creación de una Liga Europea con equipos fijos cada año, olvidan que el gran aliciente de las competiciones continentales es precisamente que las mismas las disputan quienes han demostrado ser los mejores sobre el campo, no en el terreno de las finanzas y los despachos. Esto, unida a la larga historia de estos campeonatos, hace que cada edición de la Champions esté plagada de innumerables historias nuevas: equipos debutantes, antiguos campeones que regresan años después, equipos de ligas poco habituales en fases finales, grandes ausencias, etcétera. Cada uno de estos relatos es un nuevo aliciente y, una vez disputado el campeonato, escribe una nueva línea del conjunto de la historia de la competición. Atrás quedaron clubes de abolengo, que hoy se juegan el pan en ámbitos menores: Reims, Eintracht, Ferencvaros, Saint-Etienne, Nottingham Forest, Estrella Roja, Malmoe… son nombres que apelan a la memoria del espectador más veterano, que recuerda que nunca vio un equipo como aquel Borussia Mönchengladbach del 77, aquella Roma del 84 o aquel Brujas del 78, aunque ninguno de los tres equipos llegó a vencer nunca.

En la memoria de muchos aficionados está aún reciente aquella noche fatídica en la que su equipo estuvo a punto de pasar a una “dimensión” mayor, escribiendo una página imborrable en la historia de las finales. Equipos que hicieron apenas el amago de levantar la Gran Copa, pero que cayeron en la final, como la Fiorentina, el Panathinaikos, el Chelsea, el Malmoe, el Brujas, la Sampdoria, el Partizan –qué nombre más bello para un club de fútbol- y esos dos clubes que dos veces hincaron la rodilla en un escenario tan magnífico para vencer, pero tan ingrato para perder, como es el de una final de la Copa de Europa: el Reims y el Valencia.

Otros equipos no llegaron a la final por tan, tan poco que sus aficionados hoy recuerdan con una mezcla de tristeza y añoranza lo que aunque fueron tiempos mejores, están teñidos del color de la derrota. Vosotros, por ejemplo, puede que no sepáis quién es Thomas von Essen. Sin embargo, en San Sebastián cada aficionado medianamente mayor de la Real Sociedad recuerda aquella noche del 20 de abril de 1983 en la que un gol del citado en el minuto 84, sólo cuatro minutos después de que el mítico Diego –Maradona no es el único Diego de la historia del fútbol- igualara la eliminatoria, dejó fuera de la final al cuadro txuriurdin. El Hamburgo, su rival, venció además aquella final a la Juventus, dando una sorpresa que en San Sebastián se comprendió, y se comprende, que podía haber sido suya.

Dicen algunos que todo aficionado al fútbol se enamoró de este deporte presenciando una final. Ya confesé que uno de mis primeros recuerdos futbolísticos es el de una final de Recopa que enfrentó al Rapid de Viena y al Everton, en el que los ingleses se impusieron a los austriacos. En el Rapid jugaban Krankl y Panenka, y vestían un precioso traje como el del Betis. Esto hizo que fuera con ellos hasta el punto de que, finalizado el partido, rompí a llorar. Aquellas lágrimas de niño quedaron de alguna manera en mí, porque desde entonces por norma voy con el equipo pequeño. Y creo que si algo tienen de grande las competiciones europeas es paradójicamente porque acogen en sí mismas a los equipos menores, no sólo a los grandes. Precisamente, como la Europa política –inconcebible e inmoral si sólo acogiera a los estados más fuertes económicamente-, la Europa futbolística ha de dar cabida, en principio, a todos los equipos que se ganen un puesto en ella, vendan o no camisetas, tengan estadios nuevitos y relucientes.

Una historia del fútbol europeo no tendría sentido sin los Estrella Roja, Partizan, Ferencvaros, Anderlecht. Rapid de Viena, Sporting de Lisboa, Dinamo Tbilisi, Goteborg y compañía. Igualmente, el futuro sin ellos tampoco tiene sentido.

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