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Este club se autodestruirá en cinco jornadas

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Es un tema recurrente. La conocida tendencia suicida del Atlético de Madrid, que parecía desterrada tras una más que aceptable campaña 2008/09, parece estar ofreciéndonos un nuevo capítulo en este arranque de temporada. Hablar de estabilidad en una institución como la colchonera es como la calma en el mar Cantábrico: cuando aparece, sabes que va a durar poco.

La afición rojiblanca anda de uñas, y tiene sus motivos. Critican el poco interés que ha habido desde el club durante el pasado verano en reforzar una plantilla a todas luces incompleta para pelear en tres competiciones, culminado con el poco acertado traspaso de Heintinga. Sólo han llegado Sergio Asenjo, excelente fichaje, y un Juanito que está más que de vuelta de todo, amén de las reincorporaciones del ‘poco querido’, digámoslo así, Reyes y de José Manuel Jurado, hasta la fecha, de lo mejor que se les ha visto a los de Abel Resino.

La planificación deportiva ha sido tan desastrosa, que hay posiciones que ni siquiera tienen un candidato natural dentro del plantel para ocupar el puesto. Y eso, con el apetecible caramelito de la Liga de Campeones sobre la mesa, está resultando complicado de digerir para el aficionado atlético, que no entiende que su club no esté en condiciones de ser considerado un aspirante a algo.

El arranque de campaña no ha podido ser peor. Una dolorosa derrota en Málaga (3-0) y un pobre empate ante el Racing en Liga (1-1), junto al insípido debut en Liga de Campeones empatando ante el APOEL chipriota. Y esta noche, peor panorama imposible, visita al Camp Nou con todos los deberes por hacer.

Hasta la fecha, no parece que la silla de Abel Resino se tambalee demasiado. No sería nada de lo que asombrarse, en un club como el de la ribera del Manzanares, en el que el primer objetivo tras una mala racha suele siempre situarse en el banquillo. Se le pueden achacar cosas (inolvidable el capítulo alrededor de Maxi Rodríguez), incluso puede culpársele de no ser capaz de revertir la racha negativa, pero el problema, como en años anteriores, viene de arriba. Es díficil de entender el hecho de mantenerse, a costa de todo, en un lugar en el que no te quieren ver. Pero eso no va con Cerezo y Gil Marín.

Pero las sensaciones transmitidas son peligrosas. En apenas un mes y medio se ha desperdiciado todo el buen trabajo realizado en la segunda mitad de la temporada anterior. Se ha dilapidado una tendencia estable en favor de un camino directo hacia la autodestrucción. Ni siquiera Diego Forlán, Bota de oro europea, ni el Kun Agüero, negados de cara al gol, parecen capaces de resucitar a un equipo al que nadie sabe cómo despegarle esa pátina de maldito que, año tras año, le impide optar por metas mayores.

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