El sábado de los pasteles
Fundado por un vicario en 1874 bajo el muy pío y bizarro nombre de Christ Church Football Club, el Bolton Wanderers deambuló por el país durante sus siete primeros años de existencia sin disfrutar de un campo de fútbol al que poder llamar propiamente casa. Wanderers, que en inglés quiere decir vagabundos, es un apelativo que el club no adoptó por pura casualidad. Pero como no hay tormenta que no acabe por amainar, en la temporada 1894-95 y tras varias mudanzas, el Bolton estrenaba hogar propio: Burnden Park. El campo fue el escenario de los éxitos y fracasos de los Trotters durante los ciento dos años siguientes hasta que su decadencia y las dificultades que ocasionaba su adecuación a las nuevas normativas de seguridad aconsejaron el traslado al moderno Reebok Stadium.

La imagen que presentaba Burnden Park en sus albores era tan miserable como plato común en las ciudades industriales de la Inglaterra victoriana. Encajonado entre las vías del tren y los vertederos de basuras industriales de la zona, Burnden era un estadio de cinco estrellas en cuanto a escasez de facilidades. Incluso el terreno de juego estuvo inclinado durante años debido a la mala calidad de las tierras donde se levantó el campo. Sin embargo, en aquellas tribunas de madera se fraguó una de las historias más curiosas que jamás nos haya brindado esa delicia en forma de competición que es la FA Cup. No brotó de las botas de un futbolista aunque no por ello es menos memorable.
A pesar de la errática trayectoria del Bolton a principios de mil novecientos, Burnden gozaba de cierta fama por su atmósfera y en 1901 fue designado por la federación inglesa para acoger el desempate de la final de Copa de esa temporada que habría de enfrentar al Tottenham y al Sheffield United. La decisión fue recibida con algarabía y gran frotar de manos entre el comercio local. Ávidos de sablear a la avalancha de hinchas hambrientos que sin duda enriquecerían las arcas de la ciudad – el primer partido se había disputado en casa del Crystal Palace ante una muchedumbre de 114.815 personas – pusieron a la venta una cantidad ingente de souvenirs, pasteles típicos y demás delicias locales.
Llegó el día de partido y a medida que la hora de inicio se aproximaba la previsible marabunta de hinchas, inexplicablemente, no era tal. Los tenderos se frotaban los ojos, esos que relucían con el símbolo del dolar desde que los dirigentes de la FA sacaran la bolita del Burnden en el sorteo, porque la gente no llegaba al campo. ¿Qué ocurrió aquella tarde en Bolton? La estación de tren de la ciudad estaba siendo remodelada y su mal estado obligó a la compañía ferroviaria a suprimir la venta de los habituales tickets gratuitos para el día de partido reteniendo a muchos aficionados en la confortabilidad de sus sofás. El resultado fue contundente: Burnden se convirtió en el escenario de la final de Copa con peor asistencia de su historia (apenas unos 30.000 parroquianos) y en consecuencia, nunca jamás volvió a acoger el desenlace del trofeo. Y el recuerdo de miles de libras de pérdidas por la chapuza, que pasó a la historia como el sábado de los pasteles, perduró en la memoria del aficionado durante años.