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El orgullo del fútbol


Steve Gerrard
se frotaba las manos en el palco de Stamford Bridge. Acababa de terminar el primer tiempo y su Liverpool estaba logrando la ansiada remontada. Más de la mitad del camino estaba hecho, tenían cuarenta y cinco minutos por delante para marcar un gol. El capitán red bajaba a los vestuarios para felicitar a sus compañeros e incitarles a seguir por el mismo camino.

El Liverpool estaba dando un baño soberano al Chelsea. A Petr Cech le temblaban las manos y a sus compañeros las piernas en los últimos diez minutos en un Stamford Bridge con la garganta oxidada hasta el descanso, en el que abroncó a los suyos. El gran Chelsea de Anfield estaba sucumbiendo ante un Liverpool con Mascherano pero sin Gerrard.

Esperaba un segundo tiempo apasionante. Y lo fue, ¡vaya que si lo fue!, pero como nadie lo había imaginado. El Chelsea sacó su orgullo, empezó a morder más arriba y los goles terminaron cayendo. Por acciones aisladas (un fallo de Reina, un pepinazo de Alex y una acción de Drogba que culmina Lampard) los blues habían vuelto a poner la eliminatoria cuesta arriba para Benítez y cía. En esos momentos el irreconocible era el Liverpool. Ni rastro de lo visto en el primer tiempo.

¿El mago? 
Me he arcordado mucho del mote de Guus Hiddink cuando en el minuto 36 retiró a Kalou para meter a Anelka. Me gustaría saber que ha dicho en el descanso a sus hombres. Y me encantaría saber si ambas cosas han sido decisivas para la reacción de su equipo y que por lo tanto se siga agigantando su leyenda. Para saber si es merecida, vamos. Porque supongo que Benítez no se habrá quedado de brazos cruzados en el vestuario comentando a los suyos “ya está hecho” … Sólo nos acordamos de las arengas del vestuario del que remonta y olvidamos el que pierde.

Estaríamos ensalzando aún más al ‘Mago’ Hiddink si el partido hubiera terminado ahí, con la gran reacción y consiguiente remontada de un Chelsea que había llegada a estar en la esquina del ring viendo borroso, con el pómulo ensangrentado y haciendo equilibrios para no irse al suelo. Pero si este partido va a ser recordado un tiempo más es porque el Liverpool tiene los cojones (con todas las letras y sin puntos suspensivos) del caballo de Espartero. Sí. Este equipo tiene ese ‘don’ y desconozco si es cosecha de Benítez, pero le hace ser muy grande. Y envidiado. El no darse por vencido nunca es digno de pocos. Lo fácil es bajar los brazos. No desfallecer en muchas ocasiones no da para conseguir la hazaña (véase la 2ª final con el Milán con el gol tardío de Kuyt o esta misma noche), pero cuando se logra… ¡¡Ay cuando se consigue!! Que pregunten por Estambul.

El Liverpool necesitaba tres goles y Benítez optó por retirar a un cabizbajo Torres para meter a N’Gog. Los reds quedaban en el campo sin Mascherano, Torres y Gerrard, sus tres mejores jugadores. El más difícil todavía… Y apunto estuvieron de lograrlo. Dos goles en tres minutos pusieron el corazón en vilo a media Europa creyendo en un nuevo milagro del Liverpool, con la carga añadida del homenaje a los fallecidos de Hillsborough.  

Lampard puso el definitivo empate a cuatro minutos después con un gran derechazo. Y ahí he vuelto a quedar asombrado. El Liverpool volvía a necesitar dos goles en apenas tres minutos ¡Y se lanzó a por ello! La moral de este equipo es infranqueable (esa parte del cuerpo de la que hablábamos antes). Lo habían tenido en la mano y se les había escapado en unos minutos, habían sido capaces de rehacerse (sin los mejores) y rozar la heróica y tras un nuevo varapalo se volvían a lanzar a por su objetivo (con ocasión que saca bajo palos Essien). Inconscientes a la par que valientes.

Perder así no puede ni doler ni avergonzar. El orgullo te mantiene firme la cabeza.

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