El héroe se llama Kameni

Cada siete días un héroe. Siempre hay un nombre que reivindicar cuando los partidos del fin de semana echan el cierre. Podría haber sido Keita y su magnífico hat-trick, o Preciado secando a un Madrid descolorido, o Pablo Hernández anotando el mejor tanto de los celebrados entre el sábado y el domingo. Esta vez, de todos modos y por hacer mudanza en la costumbre, no enalteceremos al que mete los goles sino a uno de esos sufridos jugadores encargados justo de la labor contraria. En la octava jornada de la Liga BBVA destacaré la perfecta actuación del guardameta camerunés Kameni. Un partido idílico en el que no sólo posibilitó el empate de su equipo ante un Sevilla mandón y volcado en el área contraria sino que también sirvió para contrarrestar un runrún anclado en el tópico que ha terminado calando en nuestro imaginario futbolístico: los porteros negros son tan espectaculares como inseguros.
Carlos Kameni disfruta de su sexta temporada como titular indiscutible de un equipo campeón de la Copa del Rey (05-06) y finalista de la UEFA (06-07) con su incólume figura bajo palos. Además de esos éxitos de club Kameni también se colgó al cuello la Medalla de Oro Olímpica en el 2000 y levantó la Copa de África en el 2002. Muchas cosas para un portero de sólo 25 años que defiende los colores de un club humilde y que debutó con sólo 16 en el Sion suizo. Su regularidad en el equipo barcelonés echa por tierra la irracional sospecha sobre los porteros con ascendencia africana que han defendido el arco en nuestro continente. Malos y buenos porteros los ha habido siempre. La maledicencia futbolística dice que los guardametas africanos son anárquicos, que ignoran las normas básicas de colocación y desarrollo del juego y que suplen su alocada presencia en el área pequeña con unos reflejos y una respuesta espectacular. Ahí es nada. Los fallos de concentración, la incapacidad de ordenar las defensas o una tendencia a ausentarse mentalmente mientras se disputa el partido son otras de las tonterías que se han podido leer o escuchar cuando de porteros africanos se trata. Como si fuera posible que un jugador con semejantes lagunas pudiera alcanzar el profesionalismo en un deporte tan exigente como el fútbol. Como si Mandanda, Itadje o Enyeama fueran obsequiados con los guantes en algún que otro equipo de solera exclusivamente por ser negros y ágiles.
No voy a criticar la simplificación con la que algunos aficionados al fútbol afrontan el juego, la argumentanción retrata: si es negro es musculoso, resistente y desordenado, si es blanco y corpulento es un delantero-tanque torpe, si es coreano es un pulmón y tiene una velocidad eléctrica, si es un portero brasileño es un colador, si es delgaducho y no va al choque es un prodigio de técnica y anticipación. Cosas así. Qué diré que no hayan oído ya. Seguro que se os ocurren decenas de futbolísticas que rechazan estas afirmaciones. Lo cierto es que partidos como el de Kameni el sábado en el Sánchez Pizjuan sirven para asentar la figura del portero subsahariano en un equipo que necesita vestirse por los pies para superar una temporada que empezó demasiado cuestarriba por motivos conocidos y desgraciados. Bienvenidas las manoplas de su arquero y esos balones despejados en boca de gol.
El recuerdo vívido de Thomas N´Kono sigue pululando en las ruinas de Sarriá y parece sobrevolar la figura de Kameni. El mítico portero camerunés de los ochenta –actual preparador de porteros en el equipo catalán- fue el que quiso traer a un joven cancerbero que brillaba en el Saint-Etienne francés. El tiempo le ha dado la razón, ha perpetuado su legado con otro jugador brillante. Olvidado ya el desagradable enfrentamiento con un aficionado periquito y algunas cantadas estigmatizadoras, está claro que entre Casillas, Valdés o Palop hay un hueco para un guardameta que disfruta, en estas primeras ocho jornadas, de un momento de forma y confianza excepcional. La reciente renovación por el club espanyolista garantiza paradones para rato en Cornellá-El Prat… y alrededores.