El camino hacia una final inédita
No hubo remontada en ninguno de los partidos de vuelta de semifinales, y la Copa del Rey de 2010 ya tiene finalistas. Dos aristócratas de nuestro fútbol, uno en su época de máximo esplendor, otro atravesando una larga decadencia, dos clásicos que nunca, aunque choque, se habían visto frente a frente con el trofeo en juego, en la final de una competición que arranca perezosa y deviene, siempre, en fiesta colectiva.
Atlético de Madrid y Sevilla se cruzan en varios puntos en común. No son recién llegados al negocio, desde luego, y disfrutan de dos de las hinchadas más numerosas y animosas de España, en el Pizjuán y en el Calderón se vive el fútbol como en pocos lugares. A partir de ahí, las diferencias. La estabilidad institucional sevillista contrasta con la agitación en los despachos del Calderón, y el carrusel de títulos del Sevilla en los últimos años abruma a la larga sequía de más de una década del Atlético de Madrid, que apunta a la Copa como el maná salvador de la temporada, ante el decepcionante rumbo del equipo en la Liga.
El camino de ambos hasta la final ha dejado tantas sombras como luces. El Sevilla eliminó con facilidad al Atlético Ciudad de Murcia, con un par de goleadas, antes de enfrentarse al Barcelona. Contra pronóstico, y al cobijo de la aparición estelar del sombrero del presidente Del Nido, se aprovechó de la discutida alineación de Pep Guardiola para tomar ventaja en la eliminatoria. En la vuelta, no pudo coronar su buen arranque con un gol que mereció, y terminó amurallándose ante su portero, Palop, que frenó el avasallador aluvión de juego culé.
Palop, precisamente, especialista en torneos eliminatorios, se erigió como héroe en la reciente semifinal. Imbatible en el Pizjuán ante un buen Getafe, que dominó hasta el acertado movimiento de Manolo Jiménez, que superpobló el centro del campo para discutir la pelota y alcanzar los goles. Un dos a cero en la ida que sirvió en la vuelta gracias a la inspiración del guardameta valenciano del Sevilla, y a la falta de puntería del valiente cuadro de Míchel.
Antes, en cuartos, el Sevilla decantó la pugna en Riazor, ante un Deportivo azotado por las bajas, con un cero a tres que dejó en anécdota la derrota en el Pizjuán. En total, el Sevilla llega a la final con tres derrotas y una incertidumbre respecto a su nivel de juego en los últimos meses (vivos gracias a Navas, Palop y pocos más) que sólo acalla la ilusión de rozar un nuevo título, el que sería el sexto desde 2006. Más laureles en un lustro que en el resto de su centenaria historia.
Por el otro bando, y aún con más incertidumbres, el Atlético de Madrid. Abusó del Marbella, fácil, en el debut de Quique Sánchez Flores en el banquillo. Después, de inmediato, el primer susto, descomunal. El Recre le clavó tres en el Nuevo Colombino, obligándole a una proeza en la vuelta. En una noche pasional, un libre directo enroscado con maestría por Simao a la escuadra coronó la remontada atlética. En cuartos, otro Segunda, el Celta, y otra ración de inquietud. Trashorras, que ya había sido el verdugo del Villarreal en El Madrigal, marcó el tanto inicial en la ida, que se cerró con un peligroso empate a uno en El Calderón, ante un Celta sin complejos, y sin pegada. En Balaídos, el gol de Forlán definió la mínima diferencia entre unos y otros, otorgando el pase a la semifinal. La última fue la ronda más plácida para los rojiblancos. El cuatro a cero de la ida, con penalti inventado de por medio, convirtió la vuelta en un trámite sencillo, que se cumplió, para enfilar al Atlético a una final con sabor a redención. Paciente desde 1996, Neptuno aguarda a los suyos con los brazos abiertos.