El adiós de un dios menor: Predraj Djordjevic
El Olimpo donde habitan los dioses del fútbol tiene plazas limitadas. Hay que ser muy grande (además de tener muchas cartas de recomendación) para poder entrar en él. Es un club selecto y elitista. Allí habitan jugadores de grandes gestas en blanco y negro recordadas sólo por los más mayores. Acompañándoles, también están dioses más recientes, que comenzaron a ser leyenda gracias a una trayectoria ampliamente seguida por medios de comunicación de masas, que certificaron lo reivindicativo de una mano (de dios, precisamente), lo inusual de una volea casi por encima de una calva cabeza, o incluso de algo tan extraño como un peinado exigido por una caprichosa diosa del pop o, también, una cola de vaca.
Por otro lado, en los últimos años se ha producido una explosión demográfica futbolística a raíz de la globalización del fútbol. Han nacido ídolos nuevos en todos los rincones del mundo. Desde Australia hasta Canadá, desde Irak a Benín, los diferentes colores de cada hinchada rezan a nuevos dioses locales. Desconocidos, empero, para el resto del mundo, no hay lugar para ellos en el Olimpo. Quizá por tradición, quizá por cerrazón, el lugar más alto de los cielos está reservado a muy pocos. Para llegar a él hay que haber triunfado en los campos que tienen acceso directo a los elíseos. Y éstos solo están en España, Italia, Inglaterra y, quizá, con suerte, Francia o Alemania.
Las demás tierras no pueden crear dioses. Sólo semidioses o, con mucho, dioses menores. Por más que se rompan récords, se inventen regates y disparos, por más que se tumben rivales como si fueran cerillas o que se exhiban en el salón de casa más copas ganadas a título individual que las que suman la mayoría de los clubes del mundo, si no se ha jugado en tierra elegida, jamás se podrá acceder a ese Olimpo.
Sin embargo, un escalón más abajo que el del cielo del fútbol, hay un lugar en el que ingresan otros dioses, a los que no todos rezan, a los que no todos conocen, pero los que rezan y conocen lo hacen con pasión desmedida. Es el lugar en el que ingresan grandes, enormes futbolistas que, por una razón u otra no estuvieron allí donde se escribe la Historia (con mayúsculas) del fútbol, pero sí donde se narraron otros relatos que no por no ser por todos compartidos son menos importantes.
Esta temporada, uno de esos dioses menores que el fútbol ha dado recientemente ha decidido, después de años de éxitos y entrega, colgar las botas para pasar a ser parte ya del pasado, lo único que ni siquiera ellos, los dioses, pueden cambiar, como reza la célebre sentencia de Agatón. Así, en lo que a él respecta, todo está ya escrito. Hablamos de Predrag Djordjevic.
No es poco, sin embargo, lo que este serbio ha realizado sobre el verde del césped en los diecinueve años de carrera que ha acumulado en sus espaldas y, más aún, en su cada día más despejada cabeza.
Debutó, con pelo, en el año 1990 en el modestísimo Radnički Kragujevac de las divisiones menores de Yugoslavia, un país ya en fase de desmembramiento: aquella temporada 90/91 fue la última que disputaran juntos los equipos serbios, eslovenos y croatas. Aquella temporada su equipo quedó en decimoséptima posición en la segunda división yugoslava. Sin embargo, el joven Djordjevic, que acababa de cumplir diecinueve años fue reclutado por el Estrella Roja, recién entronado nada menos que campeón de Europa. Allí, compartió vestuario durante una temporada con algunos de los miembros de la mejor generación de la historia del fútbol yugoslavo. No pasaría, sin embargo, a la historia de los “últimos yugoslavos”. Tras un año en el prestigioso Estrella Roja, fue cedido al modesto Spartak Subotica.
Era aquel un tiempo de apertura de fronteras para los futbolistas del este. Particularmente, en la ex Yugoslavia se produjo un éxodo masivo. Fortalecidos en su estatus por el reciente éxito del Estrella Roja y a la sombra de los Savicevic, Pancev, Boban, Prosinecki, Boksic y compañía, cientos, miles de futbolistas yugoslavos menores marcharon a buscar la vida en categorías inferiores de países como Alemania, Bélgica, Austria, Francia o Grecia. Precisamente sería al país heleno al que llegaría Djordjevic, que prefirió el sueldo asegurado de un pequeño equipo de la Europa occidental que el riesgo inherente a intentar alcanzar la gloria deportiva en una Yugoslavia en la que la guerra se extendía como una repugnante mancha de aceite.
Así, con 21 años y el sello del Estrella Roja como único aval en su currículo, Predrag Djordjevic llegaba, en julio de 1993, a un desconocido equipo de la tercera división griega: el Paniliakos.
Quiso el destino, sin embargo, que lo que pudiera parecer en ese momento un paso atrás, se convirtiera en el comienzo de una de las carreras más exitosas –si no la más- de cuantas hayan visto los griegos en su liga. En aquel Paniliakos, coincidió con un jugador que estaba llamado a ser otro ilustre calvo del fútbol heleno: Stelios Giannakopoulos. Con éste en la banda diestra y Djordjevic en la zurda, el modesto Paniliakos ascendió consecutivamente a la segunda y después a la primera división griega; este último ascenso, además, con una superioridad insultante frente a sus rivales. En su primera temporada en la primera división griega, Djordjevic lideró a su equipo, que no tuvo problemas para mantener la categoría.
Anduvieron rápidos los ojeadores del Olimpiacos, y aquel verano del 96 ficharon, de una tacada, a sendos calvos, Djordjevic y Giannakopoulos, llamados a habitar las dos bandas del ataque rojiblanco durante años.
El 6 de septiembre de 1996, Predrag Djordjevic debutaba, con gol incluido, en el Olimpiacos, en la goleada por 0-5 al modesto Kastoria. Aquel día comenzó a escribir la historia que le llevaría al altar de los hinchas helenos. Aquel fue el primero de los 341 partidos que disputaría el serbio con la camiseta rojiblanca. En éstos, ha anotado nada menos que 127 tantos. Su zurda de oro es la mejor de cuantas se recuerdan en el estadio Karaiskakis. Gracias a los lanzamientos de córners, penaltis y faltas que ésta ha realizado, gracias a su visión de juego y, sobre todo, a su impagable carácter ganador, el Olimpiacos ha vencido nada menos que doce de las últimas trece ligas griegas disputadas, en rachas de siete y cinco consecutivas. Todo un récord, convendremos, pero que tiene más peso si lo analizamos en el contexto de un dato demoledor: hasta que Djordjevic llegó al equipo, el Olimpiacos llevaba nada menos que ocho temporadas en blanco.
Sin duda, ya desde que anunció su retirada para finales de esta temporada 2008/09, los hinchas del estadio Karaiskakis comenzaron a echar de menos a su capitán. No en vano, Djordjevic ha sido el alma del Olimpiacos de los últimos años. Con su marcha, se cierra el más importante periodo de la entidad. Un capítulo que en los libros de historia del fútbol se titulará con su nombre.
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