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Ejercicios de soberbia

maradona

La primera vez que me emocioné frente a la televisión viendo fútbol fue durante el Mundial del 90. Un portero argentino estaba bajo los palos -con una medalla asomando por el cuello de su elástica, con el número 12 en la espalda-. Un contrario con la camiseta azul tiró el penalti fuerte y a su derecha. Goycochea, que así se llamaba el guardameta, no sólo adivino el lanzamiento y evitó el gol, sino que estuvo a punto de atajar el balón, de dormirlo en sus brazos. Corrió a celebrarlo junto a sus compañeros. Estaban en la final. Ese día decidí comprarme unos guantes y pedirle a mis padres una camiseta tan colorida como aquella, vivir a la sombra del travesaño parte de mi infancia.

Hay mucho de irracional en el sentimiento hacia este deporte. De aquel Mundial de Italia saqué dos cosas: un odio matizable a la selección alemana y una admiración enorme por la selección argentina. Con diez años me abrumaba toda aquella pasión, esos jugadores mal encarados, su exclusiva camiseta a rayas blancas y celestes, y un portero que empezó en el banquillo y acabó siendo el héroe de un campeonato que merecieron ganar -o eso pensaba yo mientras veía como Brehme anotaba un penalti en el minuto 85-. El milagroso Goycochea adivinó el lado pero le faltaron manos para interrumpir la triste trayectoria del etrusco.

Argentina, está claro, es otro mundo. Eso lo aprendí aquellos días de verano y los que siguieron, puntuales, cada cuatro años. Es una sociedad baloncéntrica. No hay término medio, no hay matices para asomarse al fútbol. No conozco a ningún argentino que no vibre con su selección, no conozco a ningún argentino que no babee cuando habla de Maradona, que no me recuerde a Caniggia, a Batistuta, a Verón… que no intente convencerme de lo que significan o han significado Messi, Agüero, Higuaín, Redondo o Simeone en nuestra liga.

Por eso no me explico como un fútbol soberbio, con aspiraciones a todo, ha elegido a Diego Armando Maradona como capitán de su barco. Los ídolos deben estar en el pedestal y no caminando entre nosotros. El Pelusa ha dado muestras de incapacidad como entrenador en cada uno de los equipos que ha entrenado. Una persona que difícilmente puede gobernarse a sí misma nada puede hacer para gobernar a los demás. Sus convocatorias han sido erráticas. Convierte en imprescindibles a jugadores que no contaban antes de ayer. Rota a los porteros, cambia los defensas, el sistema. Se comporta de una manera caprichosa, impulsiva, desmotivada o fundada en principios que nada tienen que ver con la práctica del fútbol. Un horror, una gestión de consecuencias funestas. El resultado de su trabajo: un partido a vida o muerte contra Uruguay. Poco consuelo para una selección con esos jugadores aun sumando (0-1) la victoria definitiva anoche. Hasta Messi parece desdibujado en un combinado torpe, atascado, romo. Final feliz, sí, pero a qué precio.

Maradona lo fue todo como futbolista. Para mi generación, no ha existido ningún jugador como él. Lo que hoy es soberbia antes era rabia. Lo que antes sumaba en el campo ahora lo resta sentado en el banquillo. Pero ¿es suficiente su pasado, su referencial presencia, para entrenar a un equipo como el argentino?. Está claro que no. La afición parece haber despertado. Han tenido que ver al lobo detrás de ellos para darse cuenta de que el fútbol es algo más que nombres, arrebatos chovinistas o réditos del pasado. La ausencia de Argentina en el Mundial de Sudáfrica hubiera sido un trauma difícil de combatir.

Las mejores selecciones tienen derecho a estar en una gran cita como la del 2010. Argentina ha estado a punto de quedarse fuera por deméritos propios, esto es, ha estado a punto de no demostrar que está entre las mejores selecciones del mundo. No es poca cosa, no se puede afirmar lo contrario habiendo mostrado tan poco sobre el césped. El trabajo mal hecho tiene consecuencias en mi oficina, en el Ayuntamiento de mi ciudad, y en la AFA de Grondona, por supuesto. Maradona ha terminado su calvario de una forma poco elegante: insultando a los periodistas, viendo fantasmas donde sólo están sus sombras, cargando la culpa sobre el resto de la humanidad. Paranoide, egoísta, perpetuado por una automotivación chabacana, alejado de la realidad futbolística. Ni como entrenador, ni como imagen de un colectivo, ha logrado imponerse. Su futuro es volver al Olimpo y dejar que los humanos sigan jugando a ser mortales.

Habrá quien diga que son pamplinas. Que Argentina ha logrado lo que quería. Que el fin justifica el sufrimiento. Pero lo cierto es que, pese a la clasificación, la sensación es amarga. Más alivio que alegría. Más paz que celebración. El tiempo embellece el pasado. Aquella selección de Goycochea tenía más épica, más nervio, más emotividad que los panzazos de Maradona. Él no parece celebrar los goles, para celebrarse a sí mismo. Cada gol albiceleste es un argumento para sobrevivir en una empresa que le viene grande. Es la individualidad frente al grupo. Es la reivindicación infantil frente al merecido clamor en su contra. Ganar o perder es importante, pero más importante aún es conservar la chispa que ha hecho a la Selección de fútbol de Argentina un equipo querido más allá del pasaporte de cada uno. No hay que dar la espalda a la gente que grita tras la pantalla. La egolatría de un ídolo no puede, desde luego, cambiarnos el fútbol.

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