EEUU, involución futbolística

Son una potencia en baloncesto, atletismo, natación, boxeo… cualquier deporte tiene participantes norteamericanos, cualquier olimpiada está encabezada en el medallero por el equipo de Estados Unidos. Y eso sin hablar de la expansión cultural, económica y social a la que nos tienen acostumbrados. Pero en el fútbol, soccer, las cosas son bien diferentes. En la actual Confederaciones su paso está resultando poco favorecedor. Dos partidos, dos derrotas. Italia y Brasil han acabado pronto con el sueño de llegar a semifinales. Poco collar para tanto perro, es posible. Pero la victoria de Egipto anoche deja en peor lugar a las aspiraciones norteamericanas. Se puede ganar a un grande desde el orden, el trabajo y la convicción propia. Un país con el capital social y monetario de EEUU puede ser un buen caldo de cultivo. Escuelas de fútbol, una liga competitiva, cualquier iniciativa que pueda enriquecer el paupérrimo estado del deporte rey en el país más poderoso del mundo. Ni la llegada de Beckham, que salió pitando al olisquear lo que allí se cocía, ha podido revitalizar el fútbol estadounidense.
Cierto es que el baloncesto, el béisbol, y el fútbol americano capitalizan el interés mayoritario de la afición. La inyección económica siempre va en consonancia con el apego que el público le tiene a las retransmisiones deportivas en una u otra disciplina. EEUU ha estado mimado desde la FIFA precisamente por la previsión de ganancias que un país de ese tamaño podría aportar al fútbol en caso de convertirse en preferencia mayoritaria. Su designación como sede en el Mundial del 94 respondió a estas expectativas. Con numerosas críticas por lo espurio de la elección, el campeonato echó a andar con un fin soterrado: que un evento de estas características arrastrara al público hacia el disfrute del soccer. El objetivo hizo aguas. Todo siguió su curso. Ni la digna participación de EEUU –con el recordado Lalas y esa camiseta tan hortera- ni la posibilidad de disfrutar de cerca a Romario, Preud´homme, Stoichkov o Baggio pudieron poner en funcionamiento el motor comercial.
Beckham emprendió el camino que ya marcaron Pelé o Cruyff, jugar en la Major League para dar empaque a una competición que roza el amateurismo. Si EEUU quiere llegar a algo en el fútbol debe tejer con paciencia la red de clubes que crucen el país de este a oeste. Darle un perfil más profesional a un campeonato que, desde el sistema de franquicias a los nombres de los equipos, nos resulta cuanto menos curioso. En sentido inverso, han sido varios los jugadores norteamericanos que han pasado con mayor o menor gloria por las grandes ligas europeas. Desde el gran Tab Ramos en el Betis al Keller del Rayo y el Tottenham o el Wynalda del Bochum; a los más actuales Beasley de PSV, City o Rangers o el prometedor Altidore del Villareal. La conclusión es que los jugadores norteamericanos tienen que salir de su país para conocer y competir en el fútbol europeo. Empaparse de otra manera de afrontar este deporte. Mejorar su rendimiento y defender al equipo nacional de una manera más eficiente de la que en los últimos grandes torneos parece mostrarse. Este parece el único margen de mejora tras quince años de estatismo y del nulo progreso vivido tras el, a priori, crucial espaldarazo al soccer en el estado confederado.
EEUU viene a esta Copa de Confederaciones tras erigirse campeona de la CONCACAF en el 2007. La Confederación de Fútbol Asociación de Norte, Centroamérica y el Caribe tampoco parece un entorno desfavorable y reñido. EEUU es la mejor colocada dentro de este organismo en el ranking FIFA. Sus principales adversarios son equipos algo venidos a menos como México o Costa Rica, junto a exóticas selecciones como Belice y Surinam o flojos combinados como Guatemala y Trinidad y Tobago. No es una competición capaz de testar a un equipo que pretendía ser un bloque respetable en las citas internacionales. Tal vez los cuartos alcanzados en el mundial del 2002 pueden ser el espejo en el que mirarse en el futuro.
En la actual Copa Confederaciones Estados Unidos sólo nos ha dejado algunos minutos bien disputados a una Italia algo fofa, pero una sensación de pequeñez e inocencia que su disciplina táctica y su solidaridad defensiva no pueden disimular. Su bagaje hasta el momento sólo es comparable al combinado neozelandés. Poco para un equipo que cuenta con jugadores experimentados como el guardamenta Howard -Everton y ex-United-, el delantero Donovan –con un breve paso por el Bayern-, el defensa siempre por explotar Onyewu –Lieja, Newcastle- o promesas como el mencionado Altidore, Freddy Adu o Charlie Davies.
El partido de ayer frente a Brasil destapó las miserias de una selección con mucho potencial pero con una realidad menguante. Espero que un torneo internacional como éste sirva como señal de atención para enderezar un barco grande y bien cargado, pero que navega a la deriva desde hace años en esto del fútbol.