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Edwin van der Sar, el triunfo del hombre discreto

Lleva tanto tiempo apareciendo por un lado y por otro que ya es casi como un amiguete, y vemos completamente normal encontrarlo bajo los palos de Old Trafford, semana sí y semana también, con su porte desgarbado de ánade aburrida, su cara de nada y su aire tranquilo e inexpresivo, de “pasaba por aquí”. Por tanto, no está de más pensar que el portero que ha superado el mítico récord de imbatibilidad de Abel, el que lleva 1.302 minutos sin recibir un chicharro y que amenaza esta misma semana la marca absoluta europea de Dany Verlinden (la batirá si deja la portería a cero contra el Blackburn), cumple este año los 39, y a pesar de ello sigue proporcionando un rendimiento constante y una fiabilidad que le han permitido construir una carrera casi sin parangón en el fútbol europeo del cambio de siglo.

Y es que Van der Sar nunca ha sido un portero espectacular ni milagroso. Si en alguna faceta técnica ha destacado sobremanera ha sido en el juego de pies, que practicó habitualmente en su primera etapa en el Ajax, y si hablamos de sus mejores virtudes habría que destacar su regularidad, su tranquilidad y su inteligencia para leer el juego. Ésta última cualidad fue seguramente la que llevó a Van Gaal a traerse al joven Edwin del modesto Noordwijk –no se formó, por tanto, en la prolífica cantera ajacied- y darle la difícil responsabilidad de dirigir una defensa de tres en una de las mayores máquinas ofensivas jamás vistas en el fútbol europeo. El joven guardameta se adaptó rápidamente a un puesto que necesitaba prestaciones diferentes a las que habitualmente se le exigen a los arqueros, y nadie le discutió en esos años gloriosos en que el conjunto de la ABN-Amro ocupó el trono del fútbol continental y un trozo del corazón de los aficionados a este deporte. Una década irrepetible en que los trofeos más prestigiosos fueron llegando de forma natural a las vitrinas del Arena, que alcanzó su cenit en la Intercontinental ganada a Grémio en 1995, con Van der Sar deteniéndole a Dinho el único penal de la tanda que no fue transformado.

Pero ya se sabe que todas las bellas historias, por largas y hermosas que sean, acaban por tener un final. A mediados de los 90, los jóvenes que constituían gran parte del capital humano de ese equipo deslumbrador se habían convertido en objeto de deseo de los gigantes europeos, así que la segunda parte de la década vio el subsiguiente desmantelamiento de la escuadra que tanto había maravillado. Consciente del descenso de nivel del conjunto, en la mejor edad para un portero (30 años) y con un caché aún aumentado por la titularidad en la selección holandesa, Edwin tomó la difícil decisión de marcharse, recalando en una Juventus que, tras años magníficos, comenzaba una lenta decadencia. Fue el principio de unos periodo oscuro para el portero, primero con la pérdida de la titularidad en Turín por en beneficio del pujante Buffon –ninguna deshonra en ello, por otra parte- y después con el traspaso a un club de segundo nivel como el Fulham. Parecía que pronto no quedaría más que un recuerdo del Conejo Blanco en la élite del fútbol Europeo, y que su gran actuación en los penaltis contra Suecia en la Euro 2004 sería el canto del cisne del viejo dinosaurio.

Sólo un viejo y sabio zorro podía cambiar el destino del portero. Donde toda la Europa futbolística veía a un jugador al borde de la retirada, desmotivado y envejecido, sir Alex Ferguson imaginó la solución a los problemas en el marco que padecía el Manchester desde la retirada de Schmeichel en la experiencia, capacidad y sobriedad de nuestro hombre. El traspaso en 2005 llevó, inopinadamente para muchos, a una simbiosis perfecta, con el holandés exultante por su vuelta al máximo nivel, y con los Diablos Rojos sumando una pieza fundamental –la estabilidad en la portería- para volver a ser la referencia mundial que nadie puede negarle hoy en día. Y aunque parte del mérito del récord de imbatibilidad hay que atribuírselo al gran nivel defensivo que exhibe este año el United –mucho mayor que en años anteriores, y que parece por encima de bajas, cambios y otras eventualidades- es indudable que una gran parte hay que ponerlo en el haber de este tipo larguirucho, afable y tranquilo, que siempre ha huido de las focos y las candilejas –baste decir que se casó con una chica que conoció en la tienda de su hermano, en una ceremonia casi secreta donde apenas se reconocía a un feliz Van Nistelrooy- y que, discretamente, ha hecho mejores a casi todos los equipos a los que ha ido. Como lo conocen en Manchester, The Jolly Green Giant.

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