Drenthe y los atenuantes

Ningún crimen sin ley. Eso dice nuestro Derecho Penal. No hay castigo si una norma previa no lo fija así. De este modo funciona para los que roban y para los que matan. En el fútbol es otra cosa. El juez es tan arbitrario que se llama árbitro. Si leemos el significado de arbitrariedad en nuestro diccionario encontraremos algo espeluznante: acto o proceder contrario a la justicia, la razón o las leyes, dictado solo por la voluntad o el capricho. Bertrán se quedará fuera durante los próximos cuatro meses, y podría haber sido peor. Drenthe se lanzó al tobillo del lateral del Tenerife. Resultado: tarjeta amarilla. Muñiz Fernández vio el entradón como un lance del juego feo, pero no del todo censurable. El bueno de Royston siguió con su cruzada mientras el defensa ilerdense aguantaba dignamente sobre el campo hasta que el dolor le obligó a retirarse del juego.
Hablar de los árbitros me aburre, y leer sobre ellos también. Son malos por humanos. Es difícil situar nuestro cerebro en el lugar del suyo. En medio de un estadio fervoroso, con las imperfecciones propias de un órgano tan limitado como es el ojo, y la aplicación de un reglamento azaroso y de tan interpretable, diría, que casi creado por los colegiados en cada nuevo partido. Por eso, prefiero hablar hoy del reconvertido extremo holandés, del infractor impune.
Su fichaje vino avalado por el buen papel que su selección hizo en la Eurocopa Sub-21, donde fue elegido mejor jugador del torneo. El precio de su traspaso, 13´5 millones de euros parecía excesivo, pero esas inversiones pueden ser a la larga rentables para un jugador tan joven. O eso dicen los cánones. Su debut, con un golazo frente al Sevilla en la Supercopa, hizo que los madridistas se frotaran las manos soñando con una nueva perla para el plantel blanco. Después llegó la cruda realidad: bajísimo nivel de juego, accidentes nocturnos, ostracismo e incluso las lágrimas al ser el centro de las burlas de una parte de la afición en el Bernabeu.
Aún hoy no se conoce la posición en el campo del holandés. Vino como sustituto de Roberto Carlos, lateral zurdo con mucha profundidad de banda, buen disparo y un físico eléctrico los 90 minutos de partido. Al bajarse del avión dijo que de defensa nada, que él era extremo. Primera contradicción. Los siempre acertados periódicos afines propusieron que jugara de mediocentro tapón, para aprovechar sus envites y su desgaste físico. Anunciaron al nuevo Davids. Aún hoy creo que aquella propuesta no obedecía a ningún tipo de análisis futbolístico sino a una simple comparación física: negros bajitos y con rastas.
Tras un verano con las maletas hechas sobre la cama, Pellegrini aceptó quedárselo para suplir una banda izquierda que hoy día es el punto débil del Real Madrid. Drenthe jugó de defensa en la pretemporada y, sin ser vergonzante, destapó sus carencias en cada partido. Sus problemas en las coberturas, en el rigor táctico que la retaguardia necesita, lo incapacitan para las tareas defensivas. Entiendo que el equipo de técnicos trabaja día sí y día también con él para acelerar su aclimatación al puesto pero hoy en día es un jugador demasiado tierno para jugar al máximo nivel defensivo en un Real Madrid que pretende plantar cara todo el año.
Su entrada del sábado es consecuencia de su aceleración, también de su mala leche, pero en primer término de su visible angustia en el campo. Lucha todos los balones, suple su falta de colocación con la fiereza que su jovencísimo cuerpo le permite, roe a cada contrario para ganarse un sitio en la constelación donde él mismo se cree un intruso. Hasta su compañero y competidor, Marcelo, parece más centrado en las labores de achique que el holandés. La escalofriante entrada al tobillo es el resumen de su k.o. mental cuando se viste de corto.
Muñiz Fernández se quedó corto –quitarse la camiseta y plantar los tacos en la pierna del contrario es la misma cosa para el colegiado hispanobelga-, pero es Drenthe el que necesita saber a qué juega. No puede suplir su incomodidad con ese juego agresivo, excesivo, desaforado, criminal -como en el partido frente al equipo chicharrero-. Tiene virtudes como futbolista: regate, pundonor, disciplina, disparo. Tal vez una cesión, a un equipo con menos escaparate, le hubiera hecho brillar sin presiones ni tanta bravada. Hoy en día es un jugador que desentona, lastrado por querer demostrar, a cada minuto, que este equipo no le viene grande. Otro que mete en la misma coctelera intensidad y juego sucio. No es un eximente, pero siendo amables, podría servirle de atenuante.