Cuatro años después *

Hay situaciones en la vida que, a fuerza de repetirse y convertirse en rutinarias, parecen inmutables. El portero del edificio en el que trabajas lleva casi diez años ofreciéndote la primera sonrisa del día antes de incorporarte a tu jornada laboral. Incluso te comenta, no sin cierta sorna, la debacle de tu equipo la noche anterior. La escena se repite día tras día. Se mantiene intacta pese al paso del tiempo. Acabas adoptándola prácticamente como un elemento esencial en tu vida, una condición sine qua non para arrancar la mañana con optimismo. Un buen día, algo se tuerce. Algo no sale como de costumbre. Entras en el edificio con la misma cara soñolienta que el resto de los días, pero echas algo en falta. El portero, tu primera sonrisa del día, no está en su sitio. En lugar de una cara simpática, sólo te ves a ti mismo, reflejado en la frialdad del mármol que adorna el portal. Tu primera sonrisa de la mañana se ha jubilado, ya no está allí, y ya no volverá a acompañar el comienzo de tu jornada laboral. De pronto, algo que considerabas eterno ha dejado de existir. Y te entra ‘miedo’, porque temes enfrentarte a la voracidad de ese edificio de oficinas y despachos sabiendo que ya no cuentas con tu particular confidente.
La trayectoria de Gregorio Manzano (Bailén, 1956) en el RCD Mallorca ha estado salpicada de altibajos, pero sus resultados a final de temporada, que es cuando han de hacerse los balances, han sido siempre notables. Desde su primera y fugaz etapa, en aquella soberbia temporada 2002/03, que culminó con la conquista de la Copa del Rey, primer título en la historia del club bermellón, hasta esta segunda era, en la que enfrentándose a todos los problemas económicos e institucionales habidos y por haber, ha conseguido consolidar al club como un ‘clásico moderno’ de la Primera división. El Mallorca le debe mucho al profesor Manzano, quizá, y poniéndonos un poco dramáticos, hasta su supervivencia.
No podemos ignorar que, pese a todo, el técnico jiennense no ha contado siempre con el favor pleno de la afición mallorquinista. Sus decisiones técnicas han sido frecuentemente discutidas, como quien le discute a Manuel Pellegrini por alinear a Higuaín en lugar de a Benzema. La decisiva salvedad es que, en el caso de Manzano, éste ha tenido que ingeniárselas como pocos para poder conformar plantillas competitivas.
Compitiendo con los más lujosos buques de la liga española, Manzano ha hecho verdadero arte con una economía de subsistencia. Ha construido con filigranas empleando únicamente medios para hacerlo mediante toscas planchas de hormigón. Lo de la temporada actual, con esa incontestable racha de victorias en Son Moix, merece mención aparte. Si el rendimiento como visitante fuera algo mejor al exhibido, estaríamos hablando del más firme candidato a ocupar la tercera plaza de la tabla, aunque quizá eso supusiera construir castillos sobre cimientos de corcho.
El aficionado mallorquín había dejado de vivir con angustia permanente durante los últimos días de los veranos. Sabía que, pese a la desbandada general que, temporada tras temporada, protagonizan las principales figuras del club, el profesor acabaría tomando las riendas de la situación y reconduciría la nave hacia buen puerto con una nueva tripulación, a la que, en pocos meses, elevaría el rango de grumete a almirante.
Desconocemos su secreto. No sabemos si es psicología aplicada o habilidad didáctica. Lo que es innegable es que Goyo ha dado al club la estabilidad necesaria en la parcela técnica como para capear el crudísimo temporal que se ha vivido en la isla en las dos últimas campañas. Nunca una palabra por encima de otra. Nunca un exabrupto, o unas declaraciones de cara a la galería. Por no casarse, no se ha casado ni con su público. Discreto, coherente, tenaz y, aparentemente, un ejemplo de reflexividad.
La última entrada de su blog personal en la web oficial del club ha abierto una pequeña herida en el corazón de buena parte de la afición balear. Lo que empieza como un agradecimiento hacia todos los estamentos del club por lo vivido todos estos años, acaba impregnándolo todo de un inevitable aroma a despedida, al fin de una etapa. Al menos, pensarán algunos, lo ha querido anticipar. Como si el respeto hacia el club le hubiese impedido soltar la bomba con el tiempo justo para que la afición se rehiciese del palo. Hay tiempo aún para seguir disfrutando de ’su’ Mallorca, para acompañarlo hasta posiciones europeas a final de temporada. Después, la vida deberá continuar. Aunque el buen aficionado bermellón sepa que ya no se encontrará nunca más con la eterna sonrisa del portero del edificio.
* ‘Cuatro años después’ es el título de la última entrada de Gregorio Manzano en su blog personal.