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Cuando sólo vale ganar ninguna derrota es digna

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La épica nace de la frustración. La remontada que el Real Madrid necesita hoy tiene un reverso dramático: tantos goles necesita como goles recibió en el anterior partido. Apelar a la heroicidad es de una simpleza desarmante. Sólo con un esfuerzo extraordinario podrá equilibrarse una eliminatoria en desventaja, sólo así podrán los merengues reponerse del atropello sufrido. Los escudos dejan de pesar, la historia se convierte en una sucesión de anécdotas, todo se circunscribe al rectángulo de hierba. Para el Madrid sólo vale ganar, es dificil así digerir una derrota pero más dificil aún es disfrutar una victoria.

A las ocho ante un Bernabéu –sintomáticamente- lleno saldrán al campo dos equipos antagónicos. El Madrid es una institución internacional, una empresa atroz, millonaria. El Alcorcón es un equipo joven, que siempre se ha movido en las categorías más pobres de nuestro fútbol, que celebró como un éxito el acceso a la liguilla de ascenso a Segunda División. En cualquier deporte el resultado estaría claro, Federer contra el número 120 de la ATP, el CSKA de Moscú contra un equipo de LEB Plata, Valuev contra el campeón de España de los pesados. Pero en fútbol todo es diferente.

Hoy en la prensa afín sacuden el polvo a las vitrinas, tiran de hemeroteca para hablar de las goleadas históricas, se reproducen fotos de epopeyas anteriores, de eliminatorias levantadas a base de pundonor y toda esa gama de adjetivos añejos que siempre acompañan al club madridista; y se olvidan de que sólo hace un par de semanas unos jugadores anónimos golearon a un equipo creado para ser adorado. Agujerearon al mito a través de humildad y de un sentimiento patrimonial en los humildes pero cada más desdibujado en los ricos: la ilusión.

Me aburren los comentarios sobre aquel partido. También todas esas personas que sólo se acuerdan del fútbol cuando el Madrid sufre una goleada. Los que habitualmente hablan de política pero me asaltan esgrimiendo la palabra “Alcorcón” y “vergüenza” en mi plácida hora del desayuno. Para mí no es ruborizante que un equipo modesto pase por el cuchillo a un equipo acaudalado, para mí es una prueba irrefutable de que el fútbol es algo más que dinero, cosa que me alegra muchísimo. Estas victorias enriquecen este deporte, lo coronan como algo que va más allá del tópico de los veintidós tipos en pantalón corto tras una pelota.

Hay pocos ámbitos en la vida en los que se puede ver semejante revolcón al sistema. Mi banco no temblará si reclamo unas tasas, ni mis jefes se plantearán un cambio de política empresarial si pido unas condiciones ambientales más favorables ni el Presidente de mi Comunidad se inmutará lo más mínimo si presento una queja al Defensor del Pueblo. Estamos condenados a ser devorados por la sociedad, ser cosificados o representar para siempre el papel que nos imponen. Aspiramos a ser un equipo humilde que en la Copa del Rey sueña con un grande en el sorteo, aspiramos a ser ese jugador que se conforma con cambiar la camiseta con su ídolo y que da por sentada la goleada en su contra, pero que aún así invita a sus padres al campo para ver como su retoño le mete un poco el codo a Messi, o es zancadilleado por Pepe. El resultado da igual. La idolatría es un engranaje más de este sistema jerarquizado. Vencer es un estado de la conciencia.

Lo que pasó en el Estadio de Santo Domingo pasará a la historia íntima de nuestro fútbol. Realmente da igual lo que suceda hoy en Chamartín. No pienso ver el partido. Ni estoy con el Alcorcón ni me siento con ganas de animar a un Madrid que habla de épica cuando lo único que tiene que hacer es remontar un marcador desmesurado y bochornoso para jugadores de su categoría. Las batallas históricas se celebran, y se cantan, frente a enemigos de la misma categoría. No es que el Alcorcón no sea grande, es que el Madrid de repente se nos hizo pequeño. Hoy no habrá heroicidades, ni lírica, ni nada que se pueda escribir con letras doradas. Ni Raúl ni ningún otro podrán magnificar un partido cuya importancia retrata  a un equipo enfermo de soberbia.

En la perentoria goleada está el castigo. En el pecado está la penitencia. Da igual el resultado, da igual si pasa el equipo de Pellegrini o pasa el equipo de Anquela. La lección de esta eliminatoria acabó con un 4 a 0 hace pocos días. Podrían haber sido otros equipos, en otros campos, con otros vencedores y con otras víctimas. Pudo haber sido el Barcelona, pudo haber sido el Lucena. De verdad, da igual. Lo importante, lo verdaderamente capital, es que en fútbol nada permanece. Lo que hoy se alaba mañana puede caer en el olvido. Cuando la pelota echa a rodar sólo reina el fútbol y éste es un deporte caprichoso, paritario, imprevisible y salvaje.

*tomo prestado el título del post de un verso de Adolfo Carillo.

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