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Cómo ser el jefe con sólo 22 años

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Da la impresión de que su edad va a ser otra. Le echas más años. A fuerza de oír su nombre repetido mil y una veces durante las últimas cuatro temporadas, la sensación es de que Cesc Fàbregas debe andar rondando los 25 años. Pero no, las sensaciones engañan. Cuando Francesc Fàbregas Soler (Arenys de Mar, 1987) decidió romper con aquella imagen de impúber salido de la cantera del FC Barcelona y dar el paso de romper con su pasado dejando de ser Cesc para pasar a ser simplemente Fàbregas, al estilo de lo que la normativa impone en Inglaterra, muchos entendimos que el joven centrocampista catalán había encontrado su identidad. Marcada identidad.

Cuando con sólo 16 años tomas la dura decisión de dejar atrás tu vida, tu familia, tus amigos y tu ambiente sólo puede ser porque tienes las cosas muy claras. Y a Cesc no le tembló el labio a la hora de decir adiós a su Arenys natal. El niño que veía peligrar su futuro profesional en Barcelona decidió hacerse hombre en Londres, bajo el paternal cobijo de Arsène Wenger. En un fútbol que no conocía y haciéndose entender en un idioma que le era demasiado ajeno. Nadie le prometió un futuro halagüeño. Sólo confianza y comprensión.

Pero le echó valor. Cuando la mayoría de los adolescentes de su edad andaban ensimismados con los primeros escarceos amorosos, tan típicos de la edad, o con alargar al máximo la hora de llegada a casa los fines de semana, a Cesc sólo le preocupaba aprovechar la oportunidad que Steve Rowley, jefe de ojeadores del Arsenal, y Wenger habían tenido a bien ofrecerle.

Pero bien es cierto que el Arsenal era, y es, sensacional pista para despegar. Cesc no podía aún conducir un coche por la vía pública, pero estaba perfectamente capacitado para llevar el timón de un buque de cien millones de libras. Y su camino hacia la madurez fue en vertiginoso ascenso desde su llegada a Inglaterra. Contaba el propio futbolista que el secreto para madurar tan joven había sido el sentirse uno más de la plantilla desde el primer día, no el jovencito al que todos debían de cuidar y tratar con especiales atenciones. En su primer entrenamiento bajo la disciplina gunner, Cesc recibió una dura entrada de Kolo Touré que le hizo darse cuenta de la cruel realidad. Fue su ‘bienvenida’ al fútbol inglés. Una especie de aviso. Un ’si te duermes, nadie tendrá piedad de ti’.

Y no se durmió. Y continuó creciendo y asumiendo responsabilidades que no tenían por qué haberle correspondido a alguien de su edad. Como cuando tras la salida del club de Patrick Vieira se vio obligado a asumir el rol del imponente mediocentro de origen senegalés. Tomó el mando con la misma naturalidad con la que crecían a su alrededor algunos otros talentos imberbes. Sin aspavientos y sin que su afición se llevara las manos a la cabeza por confiar el puesto clave de su equipo a un chaval de apenas 20 añitos.

Hoy ya a nadie le sorprende que el catalán haya vuelto a marcar en la victoria de su Arsenal (y ya van seis goles en Premier League). Nadie se lleva sorprende de que el españolito lidere a sus compañeros desde el centro del campo como quien imparte lecciones magistrales en el patio de su casa ante sus hermanos pequeños. Pero no por ello debemos menoscabar la importancia que tiene.

Por haber sido nombrado capitán del club con sólo 21 años, por ser reconocido como el mejor jugador joven de la Premier League por la PFA (Asociación de Futbolistas Profesionales) y por llevar acumulados la sorprendente cifra de 244 partidos oficiales con la camiseta del Arsenal durante las últimas seis temporadas, cuesta creer que Cesc, o Fàbregas, o como él mismo prefiera, tenga sólo 22 nada inocentes años. Una edad a la que Roy Keane aún se estaba haciendo un nombre en las filas del Forest y Pep Guardiola aún alternaba el Barça B con el primer equipo.

En DDF| “Me llamo Cesc”

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