Comerse crudo a Pernía
Es evidente que la plantilla del Atlético de Madrid no está, en muchas ocasiones, a la altura de su afición. Incluso, futbolistas rojiblancos han reconocido, tras alguna derrota, que su trabajo sobre el césped no había cumplido unos requisitos mínimos y han pedido perdón. La última, después del humillante desliz ante el Racing en el Sardinero (resultado final: 5-1).
Su regreso al Vicente Calderón no fue fácil. El Atlético venció al Sporting por 3-1, pero los seguidores colchoneros tuvieron una actitud algo extraña en la ribera del Manzanares: silbaron con fuerza el anuncio del once titular y la salida al campo de los pupilos de Abel Resino. Incluso, se mofaron de parte de la plantilla. Además, y esto no es tan novedoso, Mariano Pernía fue pitado con crudeza.
Es comprensible que los socios del Atlético de Madrid estén hastiados. La montaña rusa en la que se ha instalado el equipo es injustificable, con resultados poco decorosos y decisiones ejecutivas prematuras, pero el pago de una entrada o un abono no es un cheque en blanco con el que se consiente cualquier actitud. Hay límites que deben ser respetados. Pernía puede ser un profesional de aciertos escasos sobre el campo, débil en la marca, fácil para buscarle la espalda, impreciso en el desplazamiento largo y temeroso en la subida al ataque, pero su dedicación exige respeto.
¿Cómo puede sentirse un jugador de fútbol que defiende la camiseta del club que le paga y sufre el acoso constante de su hinchada? ¿Con qué estado de ánimo encara así una encuentro de alto nivel? ¿Cuánta personalidad es necesaria para sobreponerse cada minuto y tomar decisiones? Aunque sólo fuera por puro egoísmo, la afición rojiblanca debería apoyar a su futbolista, animarle para que se crezca ante la falta de tino o, al menos, no agredirle con insistencia.
La situación del lateral del Atlético no es una novedad. La grada le silba cada vez que toca un balón desde que comenzó la temporada. Sin tregua, sin descanso, sin banderas blancas… Es cierto que los colchoneros llevan años conviviendo con una gestión pésima (expuesta en DDF en reiteradas ocasiones), pero castigar con esa dureza durante tanto tiempo a Pernía es cruel, casi obsceno. No son estos detalles los que la convierten en “la mejor afición del mundo“, sino su corazón animoso, su aliento a los suyos (con y sin acierto), su fidelidad a esas butacas rojas y azules del frío Vicente Calderón, su capacidad para hacer cuenta nueva cada fin de semana y superar las decepciones…
Contra el Sporting, los rojiblancos vencieron, pero estuvieron lejos del nivel que debe mostrar esta plantilla. Al margen de lo deportivo, el encuentro evidenció la ruptura de la hinchada con los dueños de la entidad y su plantilla y su rechazo a la gestión del club (las gradas no se llenaron). Ya no sólo es Pernía, ni Enrique Cerezo, presidente del Atlético, ni tampoco Miguel Ángel Gil Marín, el dueño, ni siquiera es enfado visceral, ahora la grada ha optado por la burla y los pitos sin distinción. Como cuando alguien padece una situación dolorosa y exclama: “Me río por no llorar”.
Entiendo el sufrimiento colchonero, la frustración de quien se cae mil veces y se vuelve a levantar, pero no me sucede lo mismo con la agresividad hacia el lateral izquierdo, la mofa de los errores de los rojiblancos o los silbidos constantes. Parece un ataque de locura transitoria. Algo que no es gratificante para los amantes del fútbol. Como tampoco lo fueron la pancarta “Kiko, cojo, muérete”, los insultos en su día a Juan Carlos Valerón o el famoso lanzamiento de huevos desde la grada. Aunque cada situación tenga sus puntualizaciones, siempre hay límites.
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