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Caparrós manda callar

jokin

Es inevitable sentir antipatía por algunos de los personajes que deambulan por el mundo del fútbol. Es hasta legítimo odiar la transformación de goleador a mafiosote de Mijatovic, o cargar contra Eto´o por ser un bocachancla, o incluso poner en tela de juicio sistemáticamente al otrora siete de España, Raúl. Es dificil luchar contra la ojeriza. De entre todas mis íntimas fobias hay una con la que estos días convivo con cierta incomodidad, la del entrenador utrerano Joaquín Caparrós. El fulgurante comienzo liguero del Athletic avala, por el momento, su planificación y sus métodos de trabajo. Para mí sólo existe un Caparrós, por más éxitos que atesore, siempre pensé en él como un entrenador ideal para Tercera División, de los que arengan más que mandan, desubicado cuando el reto es ambicioso pero cómodo en las pequeñas gestas.

Demagogo y provocador, su perfil público me espanta. Cuando se sienta a hablar ante los micrófonos su cerebro sólo piensa en amedrentar al contrario, amenazas veladas de juego duro, asunción de que por técnica difícilmente podrá ganar partidos y que lo que sus chicos harán será ir al límite. Así fue en Sevilla, eso intentó en A Coruña y es la mentalidad que parecía convenirle en su tortuosa estancia en Bilbao. Hoy podemos afirmar que esa filosofía plana y cuartelera le ha llevado a aguantar el envite inicial de Madrid y Barça. No es ninguna tontería. Se puede ganar jugando bien como con Guardiola, se puede ganar jugando mal como con Pellegrini, o se puede ganar sin jugar al fútbol como Caparrós.

Es su sello, eso es innegable, y con él ha conseguido lo que ha conseguido. Fútbol rácano, de contención, de kick & rush. El Sevilla consiguió la excelencia prescindiendo de él –aunque cuenta la leyenda que el esqueleto del equipo campeón de Juande era el del utrerano-, con el Babydepor hizo aguas, rozando el descenso y arrastrándose por la máxima categoría de nuestro fútbol.

Y después llegó al Athletic en el que tras pasar dos años de apuro y ansiedad en las últimas jornadas consigue, en la pasada temporada, alcanzar la final de la Copa del Rey. Un chitón en toda regla a los que, como yo, desconfiamos de su capacidad para entrenar en Primera División. Tras el comienzo liguero de este año y tras superar, con problemas pero con final feliz, las rondas previas de la Europa League, la figura de Jokin ha ganado adeptos. Nos ha cambiado el concepto: de malo a eficaz, de defensivo a estratega, de sucio a intenso.

¿Los motivos del cambio? Un equipo hecho a la medida de su fútbol. Con Llorente, Toquero y Javier Martínez como artífices del milagro –presión, efectividad, fuerza-, y con Muniaín como primera revelación de la temporada –un oasis de técnica entre tanto jornalero-. No sé cuanto durará el fenómeno. Puede ser la anécdota del campeonato o quien sabe si un cambio de tendencia cuasi-mesiánico en los equipos del entrenador sevillano.

En todo caso, digno sería darle su parte de responsabilidad al míster. Yo al menos así lo haré, de momento, hasta que la fuerza de la lógica devuelva al pobre Athletic a la brega y a la batalla, condena inseparable con el bueno de Caparrós guiando a las tropas. Como yo no deseo el mal a nadie, y por más que me sorprenda, expondré la realidad: hasta el día de hoy este Athletic co-líder es suyo, tiene su firma, y cuenta sus partidos por victorias.

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