Aburguesamiento

Es imposible justificar con argumentos futbolísticos la frenética persecución del Madrid. Un equipo descompensado, sin rotaciones apenas y con una planificación ajena al entrenador que ahora lleva el timón del equipo no puede tener –racionalmente- unos resultados como estos, que rozan la perfección. Sin entrar a valorar el juego del Real Madrid -decir ramplón es ser demasiado amable-, hay que analizar los factores que pueden explicar esta explosión de puntos en la segunda vuelta.
Internamente, el madridismo quiere creer que esto es cuestión de huevos, o más suavemente, de casta. Una lucha espartana del 0´ al 90´, la clásica pegada, el no dar el partido por perdido y toda esa lista de tópicos que vienen a decir algo así como que el fútbol se gana con la brega. La intensidad, la rabia que, por cierto, es la materia prima de dos jugadas el pasado martes: las patadas de Pepe y el postrero zapatazo de Higuaín. Dos expresiones antagónicas en un campo de fútbol pero que nacen de la misma intensidad con la que el equipo blanco afronta los partidos en los últimos tiempos.
Externamente, y de ahí el título del post, yo situaría la lupa para analizar la racha de victorias de los de Juande en el acomodo y abotargamiento de muchos de los equipos que año tras año luchan por nada en nuestra Primera División. Mirando el palmarés de otras ligas europeas puede verse como la alternativa al poder es más amplia que en España. En Inglaterra hay al menos cuatro equipos que en las últimas temporadas han tenido posibilidades de llevarse la Premier, en Francia –salvo por los últimos años impolutos del Lyon- la lista de ganadores de la Ligue One es extenso. En España parece que el fútbol es bidireccional, incluso se habla de una báscula en la que cuando el Madrid se desinfla el Barça gana peso, y viceversa.
Salvo la excepción del Atlético del doblete, el Depor en la 99-00 y el magnífico Valencia de principios de siglo, nuestro campeonato ha sido un dialogo entre dos equipos que, a veces con muy poquito, han logrado levantar el trofeo. Me niego a pensar que esto, como muchos lectores pueden pensar, es sólo cuestión de dinero. El Madrid tiene mucho dinero, por supuesto, pero gastarse quince millones en Drenthe no puede garantizar que el equipo blanco puntúe con asiduidad en los partidos lejos del Bernabéu. Es necesaria una revolución de los modestos o bien una, más accesible, estabilización de esos otros equipos que siempre parece que van a llegar pero nunca llegan. El Valencia cayó envuelto en sus propias miserias financieras, el Sevilla resultó ser demasiado autocomplaciente y ya no está para toser a nadie –como prueba, el 4:0 de ayer noche- y el Atlético es –y será- una incógnita año tras año, sin garantía de estabilidad y éxito.
Por el bien del fútbol nacional, y haciendo culpable de esta falta de competitividad doméstica al descalabro europeo, el bipartidismo futbolístico necesita una buena sacudida. Si el año que viene La Liga la ganara un tercero, estaríamos en el camino correcto.